Apagón en Puerto Rico amenaza a ancianos y desamparados

Poca gente en Puerto Rico ha sufrido más de los estragos que dejó el huracán María que los ancianos y enfermos.

Aislados de sus familias debido al corte de las líneas telefónicas, con poca agua y combustible y a merced de apagones energéticos en todo el país, los ancianos y aquellos que necesitan de cuidados especiales han sufrido una multiplicación de sus problemas desde que María destruyó infraestructuras básicas en la isla.

Ascensores, máquinas de diálisis y una serie de dispositivos médicos cruciales ya no ofrecen las mismas garantías debido a que el racionamiento de recursos ha forzado a cientos de miles de personas a realizar ajustes en el uso de servicios y dispositivos.

Conectada a un ventilador durante el día, Adeline Vazquez necesita un suministro artificial de oxígeno para lidiar con problemas respiratorios severos, pero el edificio en el que vive en la ciudad occidental de Mayagüez no tiene combustible para operar un generador las 24 horas.

“Soy una bomba de tiempo a punto de explotar”, comentó con una risa la mujer de 53 años a través del ventilador en un complejo residencial que comparte con otras cerca de 60 personas.

Las autoridades federales y municipales han prometido aumentar la distribución de suministros esenciales, pero el viernes la ciudadanía aún hacía largas filas en calles principales para repostar combustible y retirar dinero en efectivo.

Desde que María derribó el tendido eléctrico en la isla de 3,4 millones de habitantes, todas las noches Vázquez ha enfrentado la posibilidad de quedarse sin oxígeno cuando se corta la energía eléctrica en su edificio después de las 22.00 horas.

“Le electricidad tiene que volver. Entonces podría tener la máquina que me permite respirar. Porque la preocupación es que termine como un pez que salta desde la pecera. Es como cruzar el Niágara en bicicleta todos los días”, declaró.

Un piso más abajo, Santos Medina permanece sentado en una oxidada silla de ruedas, con frascos de medicamentos vacíos tirados en la mesa frente a él. Ciego y enfermo de diabetes y hepatitis, sufrió la amputación de ambas piernas en los últimos dos años.

Medina, de 64 años, dijo que necesita de diálisis renal tres veces a la semana. Tras el paso de María, no ha podido ir a tratamiento por una semana entera por primera vez, en parte porque se volvió demasiado cansador y difícil.

La escasez de agua está interfiriendo con la diálisis y forzó al hospital local a reducir el tiempo en que podía proveer del servicio, afirmó, mientras que embotellamientos por el combustible han hecho más difícil acceder a autobuses para ir a ver a especialistas.

“Estamos varados aquí”, comentó Rosario Morales, de 65 años. “Nadie (del Gobierno) ha venido a darnos ayuda alguna. Ni siquiera para saber si estamos vivos aquí”, se quejó.

Los comentarios para este artículo han sido cerrados.