Trump pone fin al programa que impide la deportación de 800.000 ‘dreamers’

El presidente concede al DACA una prórroga de seis meses para que el Congreso busque una salida. La medida dejará sin protección legal a los inmigrantes sin papeles que llegaron de niños a EEUU

Trump durante una plegaria el 1 de septiembre por las víctimas del huracán Harvey. Líderes religiosos le tocan la espalda. FOTO: REUTERS.

Nada paró su mano. Donald Trump ha hecho realidad los peores augurios y ha puesto fin al programa que permite permanecer legalmente en Estados Unidos a los llamados dreamers (soñadores), los inmigrantes sin papeles que llegaron al país siendo menores. Consciente del impacto político que las posibles deportaciones causarían en sus propias filas, el presidente ofreció una prórroga de seis meses mientras el Congreso halla una salida a los 800.000 afectados. Un recurso de compleja andadura, pero que incluso si llega a buen puerto difícilmente borrará una de las decisiones más oscuras de su mandato. “¡Que nadie se equivoque, vamos a poner el interés de los ciudadanos estadounidenses primero!”, tuiteó Trump.

La inmigración es una diana en manos de Trump. Primero fue el muro. Después, los musulmanes. Ahora, los dreamers. Un colectivo, casi al 80% de origen mexicano, que encarna como pocos el sueño de multiculturalidad e integración que desde su nacimiento ha representado América. Son 800.000 jóvenes registrados (y otros tantos que podrían estarlo en el futuro) a los que el propio presidente llegó declarar que “amaba” y prometió que no tenían de qué preocuparse, pero que ahora  han quedado en la cuerda floja a la espera de que un Congreso en guerra permanente

unque sus defensores alegan motivos jurídicos, la cancelación del programa, anunciada por el fiscal general, Jeff Sessions, como “una desconexión ordenada”,  tiene una clara raíz política. Trump se siente cómodo fustigando al indocumentado. Con 11 millones de inmigrantes sin papeles y el fantasma del odio sobrevolando las ruinas del cinturón industrial, el republicano logra sus mayores aplausos en este terreno. Ahí se reconcilia con su base más radical y aparece como el político que cumple sus promesas. Entre ellas liquidar un programa que él mismo calificó de “amnistía ilegal” durante la campaña.

Pero no es un paso movido sólo por el credo ultranacionalista. Perdida la batalla por liquidar la red sanitaria de Barack Obama e incapaz aún de sacar adelante su esperada reforma tributaria, Trump encuentra en la liquidación del legado de su antecesor la energía que necesita para hacer olvidar sus fracasos. Ataca, rompe y avanza. Esta demolición perpetua, sin embargo, se ha topado en el caso de los dreamers con un límite: las encuestas muestran que en la zona templada de su electorado la medida es vista con repugnancia. Así, el 78% de los votantes registrados, según un sondeo de Politico, es favorable a la regularización de los dreamers.

Esta simpatía habla de la alta penetración social de este colectivo. Los beneficiados por el programa DACA deben haber entrado en EEUU con menos de 16 años y vivir permanentemente en el país desde 2007. También se les exige que carezcan de antecedentes y que estudien o tengan el bachillerato acabado. A cambio se les permite trabajar y conducir, así como acceder a la seguridad social y disponer de una tarjeta de crédito. En un sistema implacable con los débiles, el DACA brinda un paraguas, pero en ningún caso supone la concesión de residencia. Tan solo una cobertura legal que difiere la posibilidad de deportación y que ha de renovarse cada dos años.

Cumplidores de las reglas del juego, estos jóvenes, ven ahora en el horizonte una posible deportación. La vuelta a un país del que en muchos casos no conocen ni el idioma. Sabedor del escándalo que ello supone, Trump ha intentado eludir el golpe permitiendo una prórroga hasta el 5 de marzo (sólo para renovaciones, no para nuevas instancias) y entregando su destino al Congreso. Ahí el pacto es impredecible, pero no imposible. Figuras tan destacadas como el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Paul Ryan, han pedido a Trump que deje a los parlamentarios buscar una solución permanente. “Estamos hablando de niños que no conocen otro país ni otro hogar. Viven en un limbo que requiere de una solución legislativa”, ha dicho Ryan.

Al apoyo de un sector de republicanos, se sumaría la presión externa de las grandes compañías. 400 directivos, entre ellos los de Facebook, General Motors y Hewlett-Packard, han exhortado al presidente a proteger a los dreamers. “Son una de las razones por las que seguimos teniendo una ventaja competitiva global”, han escrito, al tiempo que cifraban en 460.000 millones de dólares el daño que su salida podría acarrear.

Pese a estos factores, el resultado es incierto. La profunda fractura parlamentaria y el enfebrecido pulso de poder que se libra en el Capitolio ensombrecen el futuro de los afectados. Aunque la Administración Trump ha insistido en que no se trata de un grupo prioritario para la deportación, es casi imposible que si finalmente no se aprueba ninguna ley no se asista a casos de expulsión. Sobre todo, cuando las autoridades poseen todos los datos de los dreamers, desde su fecha de entrada en el país a su filiación. “El impacto en las deportaciones será mínimo. El esfuerzo se centra en criminales, personas con órdenes judiciales y aquellos que han regresado tras su expulsión”, aseguró un responsable del Departamento de Seguridad Interior en un intento de calmar a los afectados. Algo que difícilmente conseguirá.

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