Lo que perdió el chavismo en 100 días

¿Comienza a desdibujarse el legado del presidente Hugo Chávez? La iniciativa del presidente Nicolás Maduro de cambiar la Constitución de 1999, orgullo del comandante y base del chavismo, apenas es una muestra.

En una calle del estado Anzoátegui, en el norte de Venezuela, la estatua de Hugo Chávez está tendida frente al pavimento, lejos de su pedestal. De la cabeza sale fuego y la gente se congrega para ver el espectáculo sin mayor indignación. Desde el 1 de abril, cuando comenzaron las manifestaciones, se han derribado cuatro estatuas del expresidente en diferentes localidades del país; y, en Barinas, la cuna del chavismo, los manifestantes quemaron su casa natal, además de las sedes regionales del Consejo Nacional Electoral (CNE) y del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

¿Qué ha perdido el chavismo en cien días de marchas opositoras? Mucho, quizás demasiado. El monopolio de ser el defensor de los pobres es una de sus grandes derrotas: sectores populares se manifiestan en territorios antes controlados políticamente por el chavismo. Y es que, en estos cien días, el oficialismo parece haber perdido su capacidad de transmitir esperanza. Ni siquiera el aumento del 50 % del salario mínimo, que se dio hace una semana, entusiasma a los venezolanos.

El llamado “socialismo del siglo XXI” parece ser hoy una idea vacía, un modelo que, como le dijo a Chávez Juan Manuel Santos hace seis años, “fracasó”.

Actos de violencia como la represión desmedida en las manifestaciones —van cerca de cien muertos— y la arremetida de colectivos chavistas contra los diputados de la Asamblea Nacional, el 5 de julio, Día de la Independencia de Venezuela, han hecho que el chavismo pierda también ese reconocimiento que tuvo en la comunidad internacional. Hoy, lo único que se escucha es voces que piden el respeto a los derechos humanos. No había ocurrido una agresión tan grave contra el Parlamento, ni a ningún otro poder público, desde el asalto al Congreso, de José Tadeo Monagas, en 1948.

Esos violentos hechos causaron, incluso, fisuras en la unidad chavista: se abrió una brecha entre los chavistas por convicción y los oportunistas, esos que están al lado del presidente Nicolás Maduro para mantener sus excesivos privilegios.

La punta del iceberg es la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, quien aún se identifica con el chavismo (no con la gestión política de Maduro) y, repetidamente, ha llamado a defender el Estado de derecho y a velar por la independencia de poderes. Como respuesta, el Tribunal Supremo de Justicia inició un proceso de antejuicio por su papel “ruin y desleal” frente a las instituciones.

La imagen de Maduro (que nunca alcanzó los niveles de su padre político) también se ha resentido en estos cien días. Según la encuestadora Data Mining, la aprobación al presidente está en el 20 %, unos mínimos históricos. La caída libre se acentuó cuando, en un intento por detener las protestas, decidió sacrificar el referente principal del legado de Hugo Chávez: la Constitución de 1999, el orgullo del Comandante y la base de la revolución del siglo XXI.

Según el jefe de redacción del Diario 2001, Juan Ernesto Páez-Pumar, el chavismo ha perdido credibilidad como fuerza democrática y pacífica, inversamente proporcional a lo que ha ganado como fuerza autoritaria y militarista. “Un dominio incapaz de asumir sus errores y mucho menos de demostrar voluntad por la reconciliación. Quizás, lo más valioso que ha perdido el Gobierno es la oportunidad de establecer el diálogo como restaurador del orden”, dice el periodista.

Sin embargo, el chavismo también canta sus victorias. Ha adquirido cohesión dentro de las Fuerzas Armadas —soporte del Gobierno— y deja en evidencia un monopolio de la riqueza y de las armas.

Para Marcy Alejandra Rangel, profesora de la Universidad Católica Andrés Bello, “Maduro y sus aliados han ganado terreno en la represión y el fascismo, lo que les ha permitido acentuar el miedo en la población civil, avanzar en la dictadura, como la calificó la Iglesia, y consolidarse en el poder, aunque sea a la fuerza”.

Rangel lo vivió en carne propia, cuando, el martes 13 de junio, el conjunto residencial donde vive en El Paraíso, en Caracas, fue allanado ilegalmente por funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana.

El monopolio de las armas también es historia. Parte de lo que explica la violencia desmedida es la cantidad de armas en manos de civiles. Según Gabriela Arenas, quien fue investigadora en la Comisión Presidencial para el Control de Armas Municiones y Desarme, en 2011, en Venezuela hay más de 17 millones de armas ilegales en la calle.

Nadie gana por estos días en Venezuela: las victorias del chavismo son, a la vez, síntomas de su derrota. Y lo mismo pasa con la oposición: en cien días de protestas han evidenciado el descontento popular, pero les ha costado más de cien vidas, mientras Maduro se aferra más al poder.

Según explica Páez-Pumar, “la oposición comprueba que es mayoría, independientemente de que no logre capitalizar su objetivo final, que es el poder. Apenas se repone de la derrota emocional que significó el fallido diálogo de finales de 2016, que muchos lo tomaron como traición o rendición”.

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