La era de los presidentes más locos de la historia

Mariangela Urbina Castilla

Decirle loco al adversario político es la moda entre los líderes del mundo y sus opositores. Desde Donald Trump hasta Maduro, a todos los llamamos desquiciados. ¿Qué arriesgamos con eso?

Daniel Llorente se lanzó a correr con la bandera estadounidense por las calles de La Habana. Era la marcha del Día de los Trabajadores, el 1º de mayo pasado, una fecha especial para la Revolución castrista. Siete hombres lo inmovilizaron, cargándalo de pies y manos. Él se resistía arqueando su cuerpo. Daba patadas que se ahogaban en su intento. Alcanzó a decir algo, antes de que su vida diera un vuelco de esos que no se devuelven: “Libertad para el pueblo de Cuba”.

Entonces sucedió. Lo encerraron en el manicomio y no tienen ganas de soltarlo. El gobierno cubano aseguró que Llorente sufre un “trastorno en el cerebro”. Eliécer, su hijo, le juró esta semana a un medio de comunicación en Miami que su papá no estaba loco. “Incluso cree en Dios”, dijo. Cada quien usa los argumentos que le parecen útiles para comprobar su cordura. Dios no le sirvió mucho a Llorente. No con los cubanos.

Los argumentos de la fiscal Luisa Ortega en Venezuela han sido otros. El director del Partido Socialista Unido Venezolano (PSUV) la llamó loca y afirmó con vehemencia que estaba seguro de que su comportamiento estaba relacionado con una “insania mental”.

Ortega se convirtió en la voz disidente del Gobierno, después de años de militancia en el chavismo. El gobierno de Nicolás Maduro, heredero del poder de Hugo Chávez Frías, el gestor de la Revolución bolivariana que prometió llevar el socialismo y la igualdad a Venezuela, decidió posponer las elecciones regionales. Su decisión motivó a miles de personas a salir a la calle, al encontrarse con el camino democrático bloqueado.

Las marchas han dejado 81 muertes, de acuerdo con cifras de la Fiscalía General. La mayoría de las denuncias advierten que la fuerza desmedida de la Guardia venezolana es la culpable de los fallecimientos. Ortega ha dicho: “Esto es terrorismo de Estado”. “Loca”, le respondieron. Y ella volvió a decir: “Esto es terrorismo de Estado”.

El expresidente de Uruguay José Mujica dijo en mayo del año pasado que el loco era Maduro. “Está más loco que una cabra”, aseguró con su característica frescura. “Todos en Venezuela están locos”, afirmó, y tal vez sea de lo más razonable que se ha dicho al respecto.

El portal brasileño Hora del Pueblo comparó a Dilma Rousseff, quien era presidenta de Brasil en el momento, con María I. Esta última fue reina de Portugal entre 1777 y 1816 y sufrió de una enfermedad mental en los últimos años de su vida. “Loca inicia tercera ronda de cortes e impuestos para engordar los bancos”, decía el titular, que venía acompañado por la foto de Rousseff.

En el caso de Donald Trump, el diagnóstico de su locura fue inicialmente decretado por la prensa. Por sus comentarios radicales, frases del tipo: “Podría dispararle a la gente en la Quinta Avenida y eso no me quitaría votos” o “pido el bloqueo completo y total de musulmanes al entrar a Estados Unidos”, los medios lo llamaron loco, y así justificaron las posturas extremistas y racistas de su nuevo presidente.

“Dejaron a un loco llegar al poder”, aseguró el comediante estadounidense Bill Maher, luego de que Trump se quedara con la Presidencia, derrotando a la cuerda Hillary Clinton.

Los señalamientos de este estilo persistieron. En febrero, Trump dio una de sus primeras conferencias de prensa como presidente.

Cuando era solamente el 113º hombre más rico en Estados Unidos, según la revista Forbes, ya había desarrollado experiencia lidiando con medios de comunicación, incluso participó en un reality. Pero esto era nuevo y se le salió de control. Empezó introduciendo a su secretario de Trabajo y terminó criticando a la prensa. “Fue una conferencia desordenada”, escribió en su momento The New York Times. Shepard Smith, presentador de la cadena Fox News, dijo que había sido “absolutamente loca” y el portal US News describió el momento como “demente”.

Algunos congresistas del Partido Demócrata han aprovechado la situación. El representante Earl Blumenauer hizo un llamado a revisar el procedimiento establecido en la Constitución para cambiar de presidente cuando éste sufre de problemas mentales o emocionales que no le permiten gobernar.

Pero Trump no se quedó atrás. Él también es experto en diagnosticar locuras. El jueves le dijo loca a una presentadora de televisión y ella, en la guerra por demostrar quién está más loco, le contestó que el loco es él.

Sin embargo, Gabriela Moss, autora del portal Bustle, escribió que la mayoría de las veces los medios estadounidenses usan la palabra “locura” para referirse a comportamientos que a nadie le caben en la cabeza. Nada tiene que ver su uso con el hecho de que Trump padezca de una enfermedad mental.

“Se nos volvió costumbre justificar las críticas que nos hace el otro diciendo que está loco. Es nuestra salida fácil a una confrontación”, dice la psiquiatra, profesora de la Universidad de la Sabana y doctora en investigación médica de la Universidad de Navarra. “Le decimos loco a todo aquel que piensa diferente”.

“Hay un estigma frente a lo que la gente considera loco. De acuerdo con ese estigma, un loco es una persona desordenada, incapaz de desarrollarse por sí misma, incapaz de tener un empleo normal, o una persona que padece de una enfermedad mental. Nada de eso es cierto. De hecho, la mayoría de las personas que sí padecen alguna enfermedad mental desarrollan una vida laboral y social normal. Pero la gente le atribuyó al loco esas características y lo consideran una persona de menor dignidad que los demás”, comenta.

La locura, así, se utiliza como un insulto. Llaman loco a su adversario porque creen que lo están ofendiendo. Philippe Salazar, filósofo francés, autor del libro Palabras armadas: Comprender y combatir la propaganda terrorista, cree que llamar locos a los yihadistas ha sido el gran error de Occidente. En la misma línea de Guzmán, considera que “medicalizar” un pensamiento diferente reduce las posibilidades de realizar un debate sano, que favorezca la resolución de los conflictos. Además subestima la capacidad del otro y su inteligencia. Es lo que ha pasado con el Estado Islámico. Como no los entendemos, los llamamos dementes.

Pero sí es un insulto, sólo que sucede al revés. “Es una ofensa estigmatizante para los enfermos mentales (que son en su mayoría de buen comportamiento y bienintencionados) el ser agrupados con el señor Trump, que no es ni una cosa ni la otra”, dijo el psiquiatra estadounidense Allen Frances a través de Twitter.

Las palabras de Frances le habrían ayudado en su momento a la expresidenta de Argentina Cristina Kirchner, quien según una investigación del periodista Nelson Castro fue diagnosticada como bipolar. La prensa usó el dato para burlarse de ella, sobre todo en los momentos de crisis política. En el programa de entretenimiento Showmatch presentaron una sátira animada donde Kirchner entraba en una crisis nerviosa después de dar un discurso. “Una cosa son los comportamientos equivocados y otra la enfermedad mental”, dice Guzmán.

“Es como los niños, que no tienen claros los argumentos a debatir y se agarran de cualquier palabra que creen que es mala para reducir al otro”, agrega. Por eso terminan usando expresiones que no significan lo que ellos creen. La favorita de los niños presidentes es la locura.

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