Trump en su torre

Miguel M. Benito Lázaro / @mbenlaz

La gira mundial del presidente Donald Trump no pareció ayudarle mucho a sus relaciones externas, ni internas. / AFP

Tras su gira internacional por Arabia Saudí, Israel, Bélgica e Italia, el presidente Trump regresó a la ciudad más hostil para él: Washington. Eso no quiere decir que el viaje le sirviera de algo. Parece que allí por donde pasa, Trump pierde amigos y aliados.

El viaje de Trump dejó un montón de desencuentros. La posibilidad de establecer un vínculo personal con los aliados europeos y generar confianza mutua se desaprovechó totalmente.

Las fotos con el recién elegido Macron y con el papa Francisco mostraron una incomodidad, casi rigidez, inusual. Una desconexión que el lenguaje corporal hacía patente. Esa sensación se acrecentó con el comportamiento de Trump durante la reunión con los jefes de gobierno de Estados miembros de la OTAN. El empujón al primer ministro de Montenegro, Markovic, fue el resumen del encuentro.

Si las imágenes fueron malas, las palabras fueron peores. Con el actual presidente de Estados Unidos, las palabras llegan por oleadas. Inconsistentes. En su discurso, Trump regañó a sus socios y no mostró compromiso con el artículo 5 de la OTAN, el que se refiere a la defensa colectiva. Esas palabras no sólo generaron molestias en los jefes de Estado presentes, sino en parte del equipo de seguridad nacional estadounidense. Las palabras finales del presidente no eran las que ellos tenían ni el texto correspondía con el que McMaster, Mattis y Tillerson habían estado circulando entre la prensa y los diplomáticos aliados. Al escuchar a su jefe, todo el esfuerzo que habían realizado para reafirmar su compromiso con sus socios se perdió y ellos quedaron desautorizados públicamente. Los diplomáticos de otros países se quedaron con la duda: ¿qué creer? ¿A quién creer? ¿Se puede confiar en Estados Unidos?

La diplomacia es, entre otras cosas, una representación ordenada por el protocolo y algunas tradiciones del Estado de las relaciones entre países. Por eso las fotos de las cumbres de líderes importan. Reflejan públicamente lo que pasa en las negociaciones y en las reuniones. Y esas, durante esta gira de Trump, han sido incluso más conflictivas.

Con su actuar Trump lo único que creó fue distancia. No es de extrañar que Merkel, Macron y Trudeau, en los días sucesivos, manifestaron públicamente que Estados Unidos no es aliado de confianza. Tendrán que explorar otras alianzas y políticas.

Relajado en Oriente Medio

Lo complicado de la parte europea del viaje de Trump contrastó con la aparente facilidad con la que desarrolló su paso por Arabia Saudí e Israel.

Esas diferencias con líderes democráticos se notaron inmensas en comparación con la relajación de los encuentros con los sauditas. Con autócratas, Trump parece a gusto. Tanto que habló de crear una alianza político-militar para Oriente Medio.

Según Trump, el resultado de esa visita ha sido la decisión de Arabia Saudí, Yemen, Egipto, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Libia de cortar relaciones con Catar, por apoyar grupos terroristas -como si Arabia Saudí y Emiratos Árabes no lo hicieran-. Además, de nuevo, las declaraciones del presidente dejaron fuera de juego al secretario de Estado, Tillerson, quien se había ofrecido a mediar. Turquía, Rusia, Irán y China pueden aprovechar la ocasión para aumentar su influencia sobre un país que alberga la mayor base estadounidense en la zona.

Y en Israel pareció encontrar a un igual en Netanyahu. De algún modo, el presidente ve en Israel, ese país que en muchos aspectos es una isla, su igual. Estados Unidos es también una isla, según Trump. Está solo y todos intentan sacar ventaja de él.

Como culminación de la muy contradictoria gira, Trump anunció el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre medioambiente. Un acuerdo del que forman parte 190 países. Un acuerdo en el que Estados Unidos logró involucrar a China y mostró su capacidad de liderazgo. En lugar de ampliarlo, Trump lo rompe. China es la gran beneficiada, como lo fue con la retirada estadounidense del Acuerdo Transpacífico. Macron vio la posibilidad y vino a indicar que él está dispuesto a tomar la voz de Occidente en la cuestión ambiental. Trump, el -supuesto- gran empresario, en lugar de mirar a las posibilidades de negocio en las otras energías y nuevas tecnologías, les da la espalda y mira a un modelo de economía industrial que ya no existe.

¿Qué ha ganado Estados Unidos en esta gira? Nada. Por el contrario, China, Macron y Merkel han encontrado una oportunidad de, si quieren, reclamar parcelas de liderazgo global y regional que antes tenían cerradas.

De vuelta a casa

En muchos instantes de la gira de Trump se echaron de menos las menciones a un país: Rusia. Trump lo eludió, porque sabía que, de un modo u otro, Rusia le estaría esperando en su regreso a Washington, D. C. Y así ha sido.

La declaración de James Comey ante el Senado devolvió a Trump al mismo punto en el que estaba cuando salió de viaje. Bajo las sombras de la interferencia rusa en las elecciones de 2016 y los posibles nexos con miembros de la campaña de Trump. El testimonio del exdirector del FBI fue demoledor y apuntó claramente al presidente como supuesto obstáculo a las investigaciones. La respuesta del presidente -de nuevo vía Twitter y rueda de prensa- ha sido débil. Sin pruebas. Con promesas de esclarecimiento que se basan en la credibilidad que cada uno otorgue a sus palabras. Pero lo de Comey no ha terminado. Aún le queda declarar a puerta cerrada ante el Comité de Inteligencia sobre las investigaciones en curso.

Trump, al paso que va, con la facilidad para hacerse impopular que muestra –popularidad más baja de ningún presidente en este punto de su mandato-, parece condenado a vivir encerrado en su torre -por una vez la expresión popular tiene sentido pleno- y en una burbuja de tuits, Fox News y familia. Lo preocupante es que quiere hacer lo mismo con Estados Unidos. De espaldas al mundo y a la realidad. Como una isla que se busca en el pasado.

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