Trump calienta el planeta

Por: Pablo Correa & María Paula Rubiano

La decisión que tomó el presidente de Estados Unidos crea un nuevo escenario diplomático, tendrá consecuencias en el sector energético a corto plazo y pone a pensar a otros países si se quedan o abandonan el Acuerdo de París.

La patada que le propinó el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al Acuerdo de París, firmado por 195 naciones en diciembre de 2016 para intentar detener el cambio climático, puso a los líderes mundiales y a los científicos a revisar la contabilidad de emisiones de gases de efecto invernadero, los precios de las energías renovables, los modelos y planes económicos para las próximas décadas y, a los más realistas, a rediseñar los planes de adaptación a las consecuencias del cambio climático.

Estados Unidos es el mayor responsable histórico del cambio climático. Su economía, desde principios del siglo XX, comenzó a expandirse y a depender más y más de los hidrocarburos. En promedio, un estadounidense emite al año 19,8 toneladas métricas de C02, mientras un chino apenas 8,6, un hindú 2,2 y un colombiano 3,3. Ese simple hecho hace que sea difícil pensar en detener el cambio climático sin la mano de los estadounidenses.

Según el “Reporte sobre la brecha de emisiones”, presentado por Naciones Unidas en 2014, desde la era preindustrial hasta hoy todos los países han lanzado a la atmósfera un total de 1.900 gigatoneladas (gt) de CO2. El presupuesto de carbono que el mundo podría usar sin sobrepasar un aumento de temperatura de 2°C es tan sólo de 1.000 gt. Al ritmo actual, ese presupuesto de carbono se consumiría en los próximos 16 años.

De ahí la importancia del Acuerdo de París. Después de más de dos décadas de truculentas negociaciones climáticas, por fin fue posible sentar a 195 naciones en diciembre de 2016 y que firmaran un acuerdo para reducir la dependencia del carbono. Cada país presentó un informe sobre la cantidad de gases de efecto invernadero que emite y también sus propias metas de reducción. Estados Unidos prometió reducir entre 26 y 28 % sus emisiones de C02 para 2025.

Fue el mejor acuerdo posible, dijeron los franceses que sirvieron de anfitriones. Pero todos saben que aun cuando todas las naciones cumplan sus promesas para finales del siglo XXI, la posibilidad de evitar que la temperatura del planeta sobrepase los dos grados celsius ronda el 66 %. Andrei Sokolov, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, calculó que para 2100, aun con el Acuerdo de París, la temperatura global podría aumentar 3 grados celsius. Si todos aceptaron fue bajo la optimista promesa de sentarse cada año a revisar datos y ajustar sobre la marcha las metas. O la esquiva ilusión de que una nueva tecnología irrumpa desde algún laboratorio y resuelva el problema.

¿Qué va a pasar ahora que Trump decidió unirse al grupo de Nicaragua y Siria, únicos dos países que no firmaron el tratado (el primero porque le pareció poco ambicioso y el segundo porque está en guerra civil)? Ben Sanderson y Reto Knutti, del Instituto para las Ciencias del Clima y Atmosféricas de Zúrich ya habían advertido que con Trump en la Casa Blanca se retrasaría el reloj para detener el cambio climático y las posibilidades de no sobrepasar los 2° C se reducen de 66 % a menos del 10 %. Según sus cálculos, tomaría entre 15 y 25 años volver a la senda trazada por el Acuerdo de París en 2016.

Es difícil anticipar lo que va a ocurrir. Por un lado, la salida de Estados Unidos podría llevar a otros países que fueron renuentes al Acuerdo de París a saltar la cerca y seguir ese ejemplo. Por otro, podría ocurrir que el resto de naciones cierren filas y aumenten la ambición de sus metas.

Un escenario interesante es que Estados Unidos, jalonado por alcaldes, gobernadores y el mundo empresarial, logre cumplir una parte de las metas. El año pasado, en la cumbre del clima que tuvo lugar en Marruecos, los líderes de más de 900 grandes compañías, entre ellas DuPont, eBay, Nike, Unilever y Starbucks, le pidieron a la Casa Blanca mantenerse en el Acuerdo de París por los beneficios que traería a la economía y al planeta.

De hecho, una señal positiva de cambio de una economía dependiente de combustibles fósiles a energías renovables fue que en abril de este año, la agencia Bloomberg informó que las inversiones en energía eólica y solar estaban batiendo a la de combustibles fósiles de dos a uno y que la energía solar en diciembre fue por primera vez la fuente de electricidad más barata del mercado, vendiendo la mitad del precio del carbón en las subastas de energía en India y Chile.

Los estados de Nueva York, California y Washington, que cuentan con una población de 68 millones de personas y representan un quinto del PIB nacional son proacuerdo y sus políticas locales para entrar en una senda de desarrollo sostenible son agresivas. Esta semana empresas de tecnología como Facebook y Apple, así como de la industria automotriz, con General Motors a la cabeza, e incluso el sector petrolero a través de voceros de compañías como Chevron, coincidieron en que la decisión de Trump era equivocada.

Con la decisión del jueves lo que sí calentó Trump fue la diplomacia internacional ambiental. Y la verdadera guerra de posiciones terminará librándose en el mercado de la energía.

 

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