El hombre que tiene en sus manos a Trump

Robert Mueller, fiscal especial que investiga la trama rusa en EE.UU.AFP

El fiscal especial que investiga si el presidente estadounidense obstruyó a la justicia en el caso por la supuesta intervención de Rusia en las elecciones de 2016 ya se enfrentó hace años a George W. Bush. Es un veterano de guerra, a quien no le gusta ni la prensa ni la política.

Una semana después de que George W. Bush lo pusiera el frente de la dirección del Buró Federal de Investigación (FBI) , en 2001, Robert Mueller anunciaba que sufría cáncer de próstata.

Entonces, la mayoría en Washington apostaba que su paso por la agencia -que pasaba una de las peores crisis por cuenta del robo constante de computadores, pistolas e información, además del descubrimiento de agentes al servicio de Rusia- volvería a quedar acéfala en cuestión de meses.

Pero Mueller, un hombre forjado en las dificultades, no sólo superó la enfermedad sino que se convirtió en el director que más ha durado en el cargo: se quedó 12 años (hasta 2013).

Se mantuvo a pesar de todo. Cinco días después de tomar posesión del cargo, luego de su convalecencia, Al Qaeda destruía las Torres Gemelas de Manhattan y parte del Pentágono.

Mueller, conocido por no dejarse hundir por la presión, decidió ese mismo día reformar una de las agencias de inteligencia más poderosas del país. “Tuvo que cambiar al FBI de ser una entidad que perseguía criminales de cuello blanco y robos en EE.UU. a prevenir ataques terroristas”, escribió el analista político Michael D. Shear en The New York Times.

Una reforma cuestionada en varias ocasiones. Bajo su mando, los terroristas volvieron a atacar: el 15 de abril de 2013 explotaba un paquete durante la maratón de Boston. De nuevo el FBI estaba en la mira por su incapacidad para prevenir ataques. También lidió con la filtración de información hecha por el excontratista de la CIA, Edward Snowden.

Un caso que lo confrontó con uno de los momentos más célebres de su carrera: en 2004, en el marco de la guerra contra el terror, se opuso a la petición del presidente Bush de reiniciar un programa de espionaje a estadounidenses, que había estado vigente varios años y que a él le parecía que ya había cumplido su función. Se ganó la crítica de un grupo de congresistas republicanos, pero la admiración de miles de ciudadanos preocupados por el “todo vale” en la lucha contra el terrorismo.

Sin embargo, las filtraciones del exanalista Snowden revelaron años después que Mueller defendió varias de esas prácticas de espionaje, las mismas que le negó a Bush y que permitió que se usaran durante años. ¿Doble discurso? Shear dice que no y recuerda que en su última entrevista, antes de salir del FBI, Mueller reveló su gran temor: que los terroristas pudieran adquirir un “arma de destrucción masiva” y utilizaran internet para esos propósitos.

Hoy vuelve a escena como el hombre que puede poner contra las cuerdas al presidente, Donald Trump. Robert Mueller, nombrado fiscal independiente en la investigación que determinará si Rusia intervino en el proceso electoral de 2016, podría presentar cargos, si encuentra motivos,  en contra del mandatario y desencadenar un proceso de impeachment.

Algo que está lejano, pues es claro que Trump gobernará hasta que los republicanos quieran. Según las normas, sólo es el Congreso (dominado por ese partido) el que podría iniciar un juicio contra el presidente.

El fiscal Mueller sigue en su trabajo y ya solicitó entrevistas con cinco importantes funcionarios de los servicios de inteligencia, de los cuales tres aceptaron el pedido. Se trata de Daniel Coats, director nacional de inteligencia, que supervisa todas las agencias, Mike Rogers, director de la agencia de interceptación de comunicaciones NSA, así como su ex adjunto Richard Ledgett.

Según The Washington Post, el fiscal indaga si Trump intentó obstruir la justicia. Uno de los asuntos de interés de Mueller es un intercambio que tuvo lugar el 22 de mayo, cuando Coats dijo a sus colegas que Trump le había pedido que interviniera para que Comey dejara de investigar a su ex asesor de seguridad Mike Flynn en el marco de la pesquisa del FBI sobre la injerencia rusa.

Pocos días después de esa reunión del 22 de mayo, Trump habló separadamente con Coats y Rogers y les pidió que emitieran declaraciones públicas señalando que no habían pruebas de una coordinación entre su equipo de campaña y Rusia. The Washington Post afirma que ambos funcionarios se negaron a hacerlo.

Antes de eso, Mueller era para demócratas y republicanos uno de los exdirectores del FBI más reputados de la historia y “el mejor hombre para dirigir la investigación” Pero a medida que avanza en sus pesquisas, pasó de ser el “hombre ideal” a la “persona equivocada” en opinión de varios republicanos, que hoy dicen que el investigador conformó su equipo con varios donantes demócratas y exempleados de la Fundación Clinton, por lo que pone en duda su imparcialidad.

Incluso ya hablan de su despido. En una entrevista televisada, Jay Sekulow, nuevo miembro del equipo legal personal del presidente, se negó a descartar el cese de actividades de Mueller a manos de Trump, mientras que Chris Ruddy, amigo del mandatario, dijo que Donald Trump ya tiene la idea en la cabeza. “Creo que está considerando quizás poner fin al fiscal especial -dijo Ruddy en la cadena PBS- está sopesando esa opción”.

Algo que no trasnocha a Mueller, exveterano de guerra y abogado de 72 años, heredero de una rica familia de Filadelfia y un hombre curtido en el servicio público. Como cuando estuvo al frente del FBI, hoy Mueller trabaja con persistencia y disciplina. Se mantiene lejos de los focos de la prensa y se concentra en ser lo más ecuánime posible, como lo hizo durante los años que sirvió a los diferentes gobiernos.

Con Ronald Reagan fue fiscal en Boston; en tiempos de George H. W. Bush participó en el proceso judicial contra el dictador panameño Manuel Antonio Noriega y también fue parte de las investigaciones en1988 por el atentado al avión de Pan American Airlines. Fue fiscal en Washington y en San Francisco.

Su familia siempre lo acompaña y de hecho, su esposa Ann, ha sido, según el propio Mueller, su gran apoyo. “Si ella dice que no vamos, nos quedamos”, ha dicho en varias entrevistas. Durante su estancia en Washington ella también enfrentó un cáncer, fue sometida a tratamiento en dos oportunidades.

Mientras ella se recuperaba fue el exdirector del FBI quien se encargó de la cocina y los oficios de la casa, según su biografía. Su devoción por su familia es tal, que siempre ha organizado su agenda para salir a cenar los sábados con Ann. Nunca ha faltado a esta cita.

Un titular del Sydney Morning Herald revelaba la influencia de Ann Mueller en su vida: “Esposa le prohíbe al director del FBI hacer compras por internet”. El hombre encargado de la inteligencia de EE.UU. por muchos años estuvo a punto de caer en una estafa en la red y fue Ann quien lo salvó. Desde entonces ella le dijo: “puede que tú seas el experto, pero el dinero que estás arriesgando es mío. No más internet para usted”.

Es padre de dos niñas, una de las cuales nació con espina bífida. Hoy ya tiene nietos y lleva una vida tranquila.

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