Al-Asad, ¿el mal menor?

Con Rusia como respaldo, Bashar al-Asad ha ganado territorio en medio de la guerra, pero sobre todo se ha convertido en una pieza clave para resolver la rebatiña nacional: sin él, Siria podría terminar en la situación de Libia.

En las oficinas del gobierno de Donald Trump no saben muy bien qué decir ni qué decisión tomar sobre Bashar al-Asad. Durante su rueda de prensa posterior al ataque con químicos en Siria, el presidente se mostró conmovido y solemne: recordó a los niños muertos y afirmó que había cambiado su opinión sobre Al-Asad, pero nunca precisó sus nuevas reflexiones. Fue una posición ambigua. Su secretario de Estado, Rex Tillerson, dijo que la caída de Al-Asad debía ser determinada “por el pueblo” y, por lo tanto, a través de unas nuevas elecciones. Fue una posición muy diplomática. Pero la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, tiene una opinión más certera: “Si se observan sus acciones, si miramos a la situación, va a ser muy difícil ver un gobierno pacífico y estable con Al-Asad”. Fue una posición rígida: tras el ataque en Jan Sheijun, Al-Asad debía ser expulsado del poder.

La variedad de opiniones sobre un tema esencial en política internacional, un conflicto en el que Estados Unidos ha estado involucrado desde 2014, se debe a la incertidumbre que presupone la caída de un líder cuya familia lleva 50 años como cabeza de gobierno y que desde julio de 2000, cuando subió al poder, transformó la economía nacional y mantiene numerosos apoyos entre los grupos religiosos y comerciales.

Trump todavía parece reacio a sentar una posición más certera porque desea mejorar sus relaciones con Rusia; Tillerson, que comienza hoy su visita de Estado en Moscú, no busca extender el conflicto sino retener la influencia de Estados Unidos y sentar precedentes. El gobierno de Vladimir Putin, cuando comenzó los bombardeos contra los rebeldes y el Estado Islámico en Siria, en septiembre de 2015, dejó claro que Al-Asad tenía que quedarse en el poder.

Hay demasiado en juego: según escribió el analista Zoe Hu en Al Jazeera, parte de la población urbana de Siria, una élite con beneficios, hubiera preferido eludir una guerra larga y cruenta, y lo sigue deseando. En ese sentido, la embajadora Haley se sostiene en una presunción que evita el carácter irascible e inestable de Siria. Bastaría ver dos ejemplos esenciales para entender que aquellos países con largos regímenes suelen terminar peor cuando éstos caen.

El primer ejemplo es Irak. Tras la caída de Husein y la invasión de Estados Unidos, en 2003, Irak estuvo a punto de convertirse en un estado fallido. Parte de la educación política que dio Estados Unidos para convertirlo en una democracia obtuvo ciertos resultados: se celebran elecciones y existe un gobierno central. Sin embargo, el sectarianismo, el crecimiento del Estado Islámico —que es dueño de varias porciones del país, entre ellas Mosul, la capital de facto de su califato—, la corrupción y la pobreza campean, de acuerdo con el Instituto de Paz de Estados Unidos. El Ejército nacional tiene todavía sendas dificultades para capturar las ciudades en manos de los extremistas y el conflicto pervive: más de 50.000 personas han muerto desde 2014.

El segundo ejemplo es Libia. La caída de Muamar Gadafi en 2011 destrozó la posibilidad de gobernar. Desde entonces, las instituciones públicas son débiles, la seguridad es desastrosa y numerosos grupos políticos reclaman el poder y lo ejercen: hay un gobierno en Tobruk y otro en Trípoli. Yihadistas y grupos tribales controlan otras zonas del país. Por su territorio transitan cada día miles de migrantes en busca de llegar a Europa. Es una emergencia humanitaria sin dolientes. Para ellos, Libia es el camino más sencillo puesto que ninguna autoridad controla las fronteras y los traficantes de migrantes trabajan sin obstáculos.

Cuando el ejército sirio logró liberar la ciudad histórica de Palmira, el ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Boris Johnson, felicitó a Al-Asad a pesar de ser, como declaró en una columna en The Telegraph, “un vil tirano”. La salvedad no es menor: Johnson sugería en su escrito que Al-Asad, a pesar de todo, era capaz de gobernar y defender su país.

Seis años después del comienzo del conflicto, que Al-Asad no haya caído es signo de que, por un lado, tiene aún cierto apoyo popular (derivado en parte de su imagen como defensor de las minorías religiosas ante la opresión del Estado Islámico y de la buena relación con cierto sector suní por la prosperidad económica que trajeron sus primeros años de gobierno), y por otro, de que su gobierno es la oportunidad más sencilla, el camino trazado y que necesita ser apenas reparado, para comenzar un gobierno firme y más ecuánime.

En este momento de la guerra, apostar por la caída de Al-Asad es abrir un vacío que los grupos yihadistas pueden aprovechar, dada la delicada situación militar de los opositores. Los rebeldes, minados por la entrada de Rusia en el conflicto y desdeñados por la población que ha sufrido también su mandato y sus ejecuciones, no parecería tener el capital suficiente para levantar un gobierno. Al-Asad se muestra como esencial.

Por redacción internacional El Espectador

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