LOS OSCAR SE ENFRENTAN AL MAGNATE El arte de resistir contra Donald Trump

Por: juan David Torres Duarte
Sólo dos grupos son capaces de raparle al mandatario su capacidad de dirigirse con franqueza al público: los artistas y los periodistas. Su fijación en ellos, más que una expresión de dominio, es un signo de temor. Ensayo.

En los años robustos de la Segunda Guerra Mundial, la librera estadounidense Sylvia Beach tuvo el placer terrenal de negarle un favor a un soldado alemán. Por entonces, Beach se había forjado una reputación de mujer decente y perspicaz, fundada sobre todo en la gerencia de una librería que se convertiría en un refugio legendario de París: Shakespeare and Company. Durante la guerra, sobrevivió tanto como pudo hasta que, a causa de los avatares de la rebatiña, tuvo que cerrarla: dicen, aunque nunca fue confirmado, que haberle negado la última copia de Finnegans Wake, de James Joyce, a aquel soldado nazi —miembro del ejército que había ocupado la ciudad meses atrás— había sido la razón definitiva para forzarla a clausurar la librería. El gesto, sin embargo, se preservó como el recuerdo de una resistencia sin par, hasta el punto de que Ernest Hemingway, en su entrada triunfal con los aliados, liberó la librería por mano propia.

Su acto, además de valiente, es la suma esencial de la rebeldía: Beach no sólo le prohibió al soldado comprar el objeto, la copia única, sino también la belleza que podría encontrar en ella. Beach encontró al soldado indigno de su virtud. En ese momento, interpretar las naturalezas singulares de los dos personajes resultaba inútil: Beach se convirtió de pronto en una declarada defensora del pensamiento y del arte; el soldado se trocó en un funcionario más de un sistema tirano que expiraría con bufidos de tísico. Fue una rebatiña momentánea —y por momentánea, eterna— entre la lógica y el barbarismo. Cuando dijo no, Beach arriesgaba su pellejo a cambio de declarar su pertinaz resistencia a la estupidez. “¿Qué es un hombre rebelde? —escribe Albert Camus en El hombre rebelde—. Un hombre que dice no. Pero si se niega, no significa que renuncie: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento”.

Beach sería un buen modelo para la resistencia cultural que abre sus frentes en Estados Unidos ante la presidencia de Donald Trump. Desde el discurso que dio Meryl Streep en los Golden Globe, en el que nunca nombró a Trump —del mismo modo en que Osip Mandelstam nunca nombró a Stalin en el poema que lo llevaría al gulag—, se compuso una división rigurosa entre un conjunto que considera que Trump amenaza la constitución democrática del país y los derechos civiles y otro que apoya a ultranza sus medidas inverosímiles y toca las campanas a rebato cuando sus rivales osan desafiarlo.

Desde ese momento, una élite que podría ser bautizada intelectual ha sometido el estado general de las cosas al dominio de la protesta: la Berlinale tuvo su traza política —hubo quien llamó al presidente “un asno”—; actores como Lee Daniels, Richard Schiff, Robert de Niro —que expresó su deseo de dar una puñetera al magnate— y Mark Ruffalo firmaron cartas y declararon su aversión a sus políticas; escritores como J.M. Coetzee, Orhan Pamuk, Paul Auster (que dirigirá el Pen America, una entidad que defiende a los escritores y la libertad de expresión, desde 2018), Stephen King, Philip Roth, Susan Orlean, Martin Amis y Jonathan Franzen se enfrentaron, en carta pública, al veto contra migrantes. En la Marcha de Mujeres, organizada pocos días después del ascenso de Trump, participaron Jane Fonda, Scarlett Johansson y Barbra Streisand. El director iraní Asghar Farhadi, que está nominado en los Óscar por la mejor película extranjera con The Salesman, se negó a acudir a la entrega luego de que Trump activó el veto contra migrantes (hoy atascado en una discusión jurídica después de su bloqueo por parte de un juez federal). “Hay que evitar tenerle miedo a un rubio que lo que hace es asustar al mundo eternamente y ver un país como una empresa privada”, dijo el cineasta mexicano Everardo González en la Berlinale.

Todos se han dado cuenta, de repente, de que el absurdo ahora gobierna. La ridiculez y la hipérbole, que son los atributos propios del humor, ganaron una campaña presidencial. Todo cuanto era inverosímil, y que sólo podría ser parte de una brillante pieza de Beckett o de una distopía de Orwell, se convirtió en realidad pragmática de a puño: un candidato corto de adjetivos que se burlaba de una persona en condición de discapacidad, hablaba sin pensar, formulaba propuestas insensatas y grandiosas —levantar un muro, expulsar a 11 millones de personas—, denominó a los mexicanos violadores y narcos, y confiaba toda su credibilidad a lo increíble se ha sentado en la primera silla del país, que de golpe se ha tornado en un trono de jefe definitivo con sus ornatos de oro y pérgolas de astromelias. El bufón se ha vuelto rey.

Ante la inclemencia de su verbo, la creación —y con ella la protesta del círculo cultural— se presenta como una opción viable y que podría fungir como escudo rocoso si desdeña el activismo con rostro de mero espectáculo. El arte nunca prosperó mejor que en tiempos de estolidez. La prueba está a la mano: las imitaciones que realizan Alec Baldwin y Melissa McCarthy de Donald Trump y Sean Spicer en Saturday Night Live revivieron un espacio de 41 años cuyo arte —aunque sea llamado menor— había perdido profundidad en la última década. No hay nada mejor que un presidente con ansias de dominador para reavivar la burla. La protesta intelectual es una expresión que no ha perdido vigencia: desde la imposición pictórica del Guernica hasta el movimiento de resistencia contra los nazis en Francia, en el que participaron escritores como Albert Camus, René Char y André Malraux, la presunción de que la cultura es capaz de transgredir los límites políticos —e incluso de derribarlos, como lo demostró la canción protesta en Estados Unidos en los años 60— se ha convertido en un tótem.

En un artículo lúcido, la periodista Jennifer Keishin Armstrong recordó en la BBC la arqueología de las fricciones entre el humor y el poder. Sadam Hussein llegó a ordenar la muerte de la plana entera de un programa que se mofaba de su manera de hablar y gobernar. Un programa de televisión que dependía del gobierno de Berlusconi fue anulado luego de que uno de sus periodistas principales entrevistó al actor Roberto Benigni (La vida es bella, De Roma con amor) y le pidió una opinión sobre Berlusconi. Tras reír de manera extensa, hasta que perdió el aire, de forma incluso dramática, Benigni dijo: “¿Quién es Berlusconi? Es alguien que siempre quiere estar en la escena. Quiere estar en todo lugar. Quiere ser la estrella. Si hay una reunión, él habla. Si va a una boda, quiere ser el novio. Si va a un funeral, quiere ser el muerto”.

En efecto, la burla y la crítica de la élite —aunque sea cómoda, al modo de la que pergeñó Streep— resulta dolorosa a quien detenta el poder. El poeta ruso Iósif Brodsky, él mismo expulsado de la Unión Soviética por sus posiciones políticas, escribió en el libro de ensayos La canción del péndulo: “El poeta es un demócrata nato, no gracias a la precariedad de su posición, únicamente, sino porque él abastece a toda la nación y emplea su lenguaje”. Un artista —sea un actor, un dramaturgo, un imitador o un comediante: todas son artes generales— tiene una lengua más amplia que la política. Habla de aquello que les sucede a todos. Por esa razón una de las principales preocupaciones de Pinochet tan pronto llegó al poder a través del golpe de Estado fue capturar y asesinar con 40 balazos a Víctor Jara: porque tenía la virtud inusual de hablarles a todos. Quizás por ello Trump se ha consagrado con tanta disciplina a responderle a Streep, a socavar la entrega de los premios Óscar y a protestar por la imitación excelsa que hace Baldwin de su persona: porque los artistas son los únicos capaces de arrebatarle el idioma franco, vulgar y popular del que hasta ahora él se ha declarado dueño y señor. Son los únicos que tienen un afán irremediable de congregar. Por eso, los periodistas y los artistas son los moros en su costa.

La resistencia verdadera consiste, si se tiene en cuenta el temor de Stalin cuando Mandelstam lo reveló como el “montañés del Kremlin”, en la duración de las formas artísticas más allá de la vida promedio. Es decir: el hecho de que las obras de arte perviven más que la carne. Stalin entendía que sus versos —“Sus gordos dedos son sebosos gusanos / y sus seguras palabras, pesadas pesas”— permanecerían como una imagen cincelada e infinita de su persona, tan cercana al Olimpo. Era insoportable. Esos versos eran tan infinitos y resistentes como el diálogo que sostienen el finado Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock en un sketch de Les Luthiers: “No se olvide usted que los Estados Unidos han sido los principales propulsores de nuestra actual democracia”, dice Rabinovich. “Y de nuestras anteriores dictaduras”, tercia Mundstock.

Camus escribe: “La rebelión no es en sí misma un elemento de civilización. Pero es previa a toda civilización (…). Toda creación niega, en sí misma, el mundo del maestro y esclavo. La horrible sociedad de tiranos y esclavos donde sobrevivimos no encontrará su muerte y su transfiguración más que a nivel de la creación”. Dicho de otro modo: más que las protestas, que son de uso social, es la composición de obras aquello que tiene un efecto certero, continuo y punzante, y produce, con la virtud propia de una obra de abrir el mundo y hacernos parte de él, una metamorfosis tangible. Un artista, como resaltaba Sartre, no puede negar su tiempo: siempre está allí, en sus actos, en su forma de esculpir y de deshacerse de cuanto él considera como caótico e impropio. Baldwin somete la imagen de Trump a un examen similar al ensanchar su ridículo y su falta de mínima diplomacia. La creación es, paradoja de paradojas, la única capaz de destruir.

Allí yace el poder de una palabra o de una escena de humor político, en las grietas que suma, en el dolor atávico que siente Trump de que lo recuerden como ese hombre que aparece en televisión —indeciso, abúlico, ignaro y prepotente— y no como el hombre que en realidad pretende ser: una mano rígida que ajusta los destinos de la nación, que la vuelve grande de nuevo. Además de ser una cueriza contra su ego, es sobre todo una azotaina exquisita contra su figura histórica, contra su memoria, su pretendido legado y su carácter en apariencia pétreo. Entonces emerge una nueva interpretación del acto decidido de Sylvia Beach: un artista es aquel que le arrebata al tirano el dominio sobre el raciocinio.

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