“Y qué importa, si ahora viene Trump y lo cambia todo otra vez”. Reacciones en la Pequeña Habana de Miami

El fin de la política migratoria de Washington hacia Cuba sorprende al barrio cubanoamericano

El restaurante cubano Versailles, en Miami, tras conocerse la noticia del cambio migratorio. P. LL

La noticia de la eliminación de la norma pies secos-pies mojados, que daba acogida a todo cubano que pisase tierra de Estados Unidos, recorrió esta tarde las calles de la Pequeña Habana, el barrio cubano original de Miami. Muchos estaban al tanto y los que no, al enterarse, se sorprendían. Había opiniones diversas, desde los que lo aprobaban a los que se apenaban por sus paisanos.

–¡No, no me digas! –se asombró Brian Guerra, de 16 años, un habanero que llegó legalmente hace cuatro años–. Yo sé que no es justo que los de otros países no tengan los beneficios que tenemos los cubanos, pero es mi gente y yo era feliz con la idea de que los que venían se podían quedar.

Un par de cuadras más allá José Orlando, de 79 años, 41 viviendo en Estados Unidos, tuvo la reacción inversa: “Es la mejor noticia que podía dar Obama antes de irse. Los cubanos que venían ahora sólo querían coger la residencia americana para poder ir y venir a Cuba y hacer sus negocios llevando ropa y zapatos y todas esas cosas. Así se pasaban la vida, inventando pero no trabajando”.

En el barrio de los cubanos abundaba una opinión que diferencia a los exiliados tradicionales, a los que se considera políticos, de los nuevos, a los que se califica de “emigrantes económicos” y se les atribuyen motivos solo lucrativos o incluso la esquilma de beneficios sociales.

“En mi época entrábamos por falta de libertades”, afirmó Teresa García, 58 años. “Los jóvenes que vienen ahora no quieren ni oír hablar de política. Dicen que vienen buscando una vida mejor nada más. Aquí había que dar de una vez un stop”. Charlando con ella a la puerta de su casa, María Ravelo, 69 años, que llegó en el éxodo del Mariel en 1980, matizó: “Aquí siempre han llegado cubanos buenos, malos y regulares. La juventud, como dice ella, sólo piensa en el dinero, pero hay que entender que con la vida que han tenido no pueden pensar en otra cosa. Yo mientras lleguen y se pongan a trabajar”. Y añadió, escéptica por su experiencia de décadas de vaivenes en la política bilateral entre Cuba y EE UU: “Y de todos modos qué importa, si ahora viene Trump y lo cambia todo otra vez”.

Las emisoras de radio cubanoamericanas bullían de opiniones exprés sobre el anuncio del cambio legal. “El deportador en jefe [aludiendo a Obama] acaba de crear la figura del balsero cubano indocumentado”, dijo en Radio Mambí el anticastrista Ramón Saúl Sánchez, del Movimiento Democracia, que consideraba que los cubanos seguirán emigrando, con la diferencia de que al llegar a no tendrán papeles y se incorporarán al flujo general de indocumentados.

Pasado un buen rato, una mujer nicaragüense entraba en directo alegrándose de que la noticia igualaba a los cubanos con el resto de los inmigrantes. Otra llamada entró a continuación. Era un cubano que criticaba lo que dijo ella: “¡Pero qué roña con los cubanos! ¡En Cuba, señores, hay una dictadura!”, y argumentaba que se debía tener en cuenta la situación política de la isla.

También había pasado por antena el alcalde de Miami, Tomás Regalado, de origen cubano, acusando a Obama de “hacerle un favor al régimen de La Habana”, dado que la eliminación de esta norma era un viejo reclamo de Cuba.

En el barrio la gente seguía hablando. “Es bueno lo que ha hecho Obama. Así se le acaba el negocio a todos esos que lo único que quieren es venir a aprovecharse de los vales de comida y de los beneficios sociales. Muchos no venían a ser libres sino a vivir del cuento”, afirmó José Antonio García, de 68 años, “y en Cuba no son perseguidos ni corren ningún peligro. Perseguidos fuimos los que vinimos hace 50 años y nos quitaron la casa”.

Frente al restaurante cubano Versailles se arremolinaban la prensa y cubanoamericanos listos para brindar su palabra. Entre el barullo de voces y entrevistas y el olor a empanadillas fritas y croquetas, Aritz Mora, de 59 años, se sumaba a la visión del asunto como “favor” de Obama a Raúl Castro pero se quejaba de la “insolidaridad” de los exiliados antiguos con respecto a los nuevos emigrantes cubanos. “Todos los que salimos de Cuba para ganarnos la vida somos perseguidos políticos, seamos conscientes o no”. Mora sacó su billetera y mostró una foto de un soldado de los Estados Unidos posando con la bandera de las barras y las estrellas. “Aquí tienes a un cubano de última generación. Vino hace cuatro años y ya está sirviendo al país que lo acogió. Es mi hijo”.

La Pequeña Habana absorbía el primer impacto de una noticia que cambia el panorama de la migración cubana. Esta noche, fuera de focos, en la intimidad de un sinfín de casas cubanas de Miami se habrán encendido ordenadores y teléfonos para hablar con la isla. Conectados pero separados por el Estrecho, en las dos orillas habrán sonado con estupor dos palabras: “¿Ahora qué?”.

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