Clinton contra Trump, una histórica lucha por la Casa Blanca

La marca de un hito: primera mujer o primer no político que logra sentarse en la Oficina Oval.

Foto: EL TIEMPO EE. UU. tendrá por primera vez como presidente a una mujer o a un magnate sin experiencia política.

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EE. UU. tendrá por primera vez como presidente a una mujer o a un magnate sin experiencia política.

A Estados Unidos le llegó la hora de la verdad. Este martes, finalmente, caerá el telón sobre lo que ha sido una de las campañas más polémicas e impredecibles en 200 años de historia. Y pase lo que pase, para bien o para mal, el resultado será inédito. Un triunfo de la candidata demócrata Hillary Clinton la convertirá en la primera mujer que obtiene las llaves de la Oficina Oval.

Y si gana Donald Trump, su rival republicano, llegará a la Casa Blanca una persona con cero experiencia en cargos públicos y que rompe con todos los estereotipos posibles de lo que es, y ha sido, el comandante en jefe de la nación más poderosa del mundo.

Hasta hace 10 días, el péndulo parecía inclinarse hacia un cómodo triunfo de Clinton. A tal punto que la ex secretaria de Estado se había concentrado en respaldar a candidatos demócratas para las elecciones legislativas en lugar de su propia campaña, confiada en un fácil triunfo y quizá hasta por paliza.

Pero una serie de inesperados desarrollos en esta recta final de la campaña han alterado todos los cálculos y apuestas.

Aunque Clinton todavía encabeza los promedios de encuestas a nivel nacional que producen portales como Real Clear Politics (RCP), Huffington Post y CNN, la diferencia con Trump se ha reducido dramáticamente y ya está dentro del margen de error. En la RCP, por ejemplo, la diferencia ya es solo de 1,7 (47 por ciento Clinton contra 45,3 de Trump). Lo grave para el caso de Clinton es que su ventaja, que en algún momento a comienzos de octubre llegó a ser de 10 puntos porcentuales, ha venido reduciéndose con cada día que pasa.

De hecho, ya hay encuestas que dan a Trump como el ganador. Entre ellas una del ‘Washington Post’-ABC que se publicó esta semana, en la que el magnate la aventaja por un punto (46-45). Se trata, además, de la primera vez que este sondeo lo ha puesto a la cabeza desde que comenzó el tramo de las elecciones generales a finales de julio.

A nivel estatal, que a la larga es lo que cuenta por el sistema electoral de EE. UU., el mapa sigue favoreciendo a Hillary, pero se ve cada vez más estrecho.

La ex primera dama tiene asegurada la victoria en 13 estados, más la ciudad de Washington, que le garantizan por lo menos 183 votos al Colegio Electoral (gana quien obtenga 270 asientos en este órgano, que es el que elige al presidente). Trump, por su parte, obtiene victorias en otros 13, además de los tres asientos adicionales asegurados en Nebraska, que reparte sus cinco delegados al ganador en los distritos y no como el resto de los estados (menos Maine, que tiene un sistema como el de Nebraska), donde el triunfador se lleva todo. Esos le confirman 82 asientos en el Colegio Electoral.

Estados claves

De aquí en adelante es cuando la cosa se torna complicada. Hay otro grupo de estados que, según las encuestas y la tradición, se inclinan hacia uno de los dos candidatos. Es decir, en donde actualmente los sondeos muestran una ventaja de cinco puntos porcentuales o más. En el caso de Clinton, esos serían siete, más dos de los cuatro delegados que ofrece Maine y que arrojarían 85 delegados adicionales. En esa misma categoría, Trump sumaria otros 91.

Eso dejaría ocho estados en realidad ‘competitivos’ o que no están definidos: Nevada, Utah, Arizona, Iowa, Ohio, Florida, Nueva Hampshire, y Carolina del Norte, más dos delegados por Maine y otros dos de Nebraska. Es decir, 97 nuevos delegados que podrían ser para cualquiera.

El problema para Trump con el mapa del Colegio Electoral es que Clinton ya estaría muy cerca de alcanzar la mayoría solo con ganar en los estados que se inclinan claramente en su dirección (tendría 268 votos). Y le bastaría con solo triunfar en uno de los ‘competitivos’ para ser presidenta. Incluso le alcanzaría con solo llevarse dos de los cuatro delegados que están en juego entre Maine y Nebraska.

(También: Hillary Clinton y Donald Trump, en el espejo de EE. UU.)

En el caso de Trump, para llegar a la Casa Blanca tendría que ganar todos los ‘competitivos’, incluidos los de Maine y Nebraska. Difícil, pero tampoco imposible.

De acuerdo con los últimos sondeos, Trump ya estaría adelante en Arizona, Utah, Ohio, Iowa y Nevada. Y está muy cerca en Florida, Carolina del Norte y Nueva Hampshire. Además, la estrategia del magnate es dar una sorpresa en alguno de los estados que se inclinan por Hillary, como Colorado o Pensilvania. Si lo logra, ya no necesitaría la totalidad de los ‘competitivos’.

De allí que las incógnitas sean muchas. Sobre todo porque nadie sabe cuál es el verdadero potencial electoral que tiene Trump y que quizá no estén midiendo las encuestas. Sobre el terreno, la maquinaria de Clinton es muy superior. Y ha invertido casi el doble de los recursos (más de 900 millones de dólares) en avisos publicitarios y un ejército de personas desplegadas en casi 20 estados que se dedican a tocar de puerta en puerta. Un andamiaje que será clave el martes, porque en EE. UU., como en muchos lugares del mundo, toca arriar a los votantes.

Pero la gran duda que existe es el verdadero potencial electoral con el que cuenta cada uno. Hay indicios, por ejemplo, de que el votante afroamericano no está muy motivado en relación con el 2008 y el 2012, cuando un afroamericano se disputaba la Casa Blanca. Lo cual sería grave para Clinton en estados como Carolina del Norte, donde los demócratas ganaron en esos dos ciclos electorales. Por el lado de Trump, las dudas son aún mayores. Su candidatura ha despertado entusiasmo entre los votantes de raza blanca sin educación. Fueron ellos, de hecho, los que le entregaron la nominación del partido. Pero se trata de un sector con baja participación histórica en elecciones presidenciales.

La América blanca

De acuerdo con un estudio reciente de William Freiy, experto del Brookings Institution, en las elecciones del 2012 y 2008 la abstención de este grupo fue superior al 40 por ciento frente al voto de los blancos con educación superior, que fue del 20. Para medir el posible impacto de este ‘gigante dormido’, Freiy realizó modelos electorales en los que asume que los otros grupos raciales y minorías votarán en porcentajes similares al 2012, pero incrementa la participación de los blancos sin educación superior asumiendo que su entusiasmo por Trump los llevará a votar. Al elevar su rol un 20 por ciento adicional (es decir, si sale a votar el 80 por ciento de este grupo), Trump gana por medio millón de votos. Pese a ello, tampoco le alcanzaría para obtener un triunfo en el Colegio Electoral, pues un gran porcentaje de blancos sin educación superior viven en estados que ya Trump tiene en el bolsillo y por tanto el incremento seria irrelevante. Pero si el aumento se da en forma paralela a una reducción del voto afro y latino, la historia sería diferente.

Aun así, el simple hecho de que tenga algún chance de llegar a la Casa Blanca es de por sí una historia más que increíble: Trump arrancó la carrera siendo una especie de bufón por el que nadie daba un peso y que ha sido descalificado una y otra vez por figuras de su propio partido como una persona no apta.

“Nunca, ni en la peor de mis pesadillas, pensé que podría votar por Clinton. Pero ni en la peor de mis pesadillas me imaginé a alguien tan aterrador como Trump. Es un loco, y sería una irresponsabilidad de mi parte”, dice Gordon Humphrey, exsenador de EE. UU. que lleva más de 40 años militando en el Partido Republicano y hoy sostiene que dejará el partido si Trump gana.

Y no es solo eso. En su ascenso, el magnate insultó y maltrató a buena parte del electorado estadounidense, llamando “criminales” a los inmigrantes, “tontas” a las mujeres y “cobardes” a veteranos de guerra. Por no hablar de su falta de preparación –no sabía que Rusia había entrado en Ucrania, entre otras–, o de sus propuestas temerarias como armar con arsenal nuclear a Japón y Corea del Sur, romper todos los tratados comerciales y abandonar la Otán. En otro momento de la historia, cualquiera de sus salidas en falso le hubiese costado la cabeza.

Gran parte de su éxito ha estado en interpretar la frustración de un segmento de la sociedad que se siente traicionado por los políticos tradicionales. Exacerbando, de paso, sus miedos y prejuicios bajo el paraguas de decir las cosas que otros no se atreven.

Desgaste de 30 años

Pero otra parte es atribuible a la misma Clinton y el desgaste que viene con 30 años en la vida pública y en tratar de suceder a un presidente de su mismo partido que lleva ya dos periodos. Sobre el papel, por supuesto, nadie duda de que la exsecretaria cuenta con credenciales de peso y muy superiores a las de Trump. Pero han sido sus propios errores los que contribuyeron a edificar la imagen de “poco confiable” y “corrupta” que Trump explota con éxito.

Una imagen que se ha cimentado en estos últimos días de la campaña luego de que el FBI anunció que había comenzado a revisar correos electrónicos que estarían atados al uso indebido de un servidor privado para manejar asuntos oficiales cuando ella era la jefa de la diplomacia.

El Buró ya había concluido en julio que Clinton no había violado ley alguna. Pero la ‘reapertura’ del caso –denunciada a gritos por los demócratas como partidista e ilegal– revivió el fantasma de su credibilidad.

A eso se sumó la revelación, vía WikiLeaks, de que una alta operaria del Partido Demócrata le filtró a Clinton preguntas antes de uno de los debates presidenciales. Y, para rematar, le cayó el agua sucia del drástico aumento en el valor de millones de pólizas de salud (22 por ciento, promedio) que se compraron bajo la ley que reformó este sistema llamado Obamacare.

¿Qué tanto pesarán estos eventos a la hora de contar los votos? Está por verse.

Como también si Trump reconocerá su eventual derrota, o si se llega a materializar el fantasma que más asusta por estos días: unas elecciones tan reñidas que termine repitiéndose lo del 2000, cuando solo se conoció el nombre del nuevo presidente un mes después y tras una sentencia de la Corte Suprema que le dio la victoria a George W. Bush.

O aún peor, pues en este momento la Corte, que suele estar compuesta por nueve miembros para evitar los empates, tiene ocho (cuatro de orientación demócrata y cuatro republicana). De llegar a eso, se estaría entrando a una dimensión desconocida.

Golpe económico y depreciación

El impacto económico en caso de que Trump gane sería incalculable. De hecho, cuando las encuestas lo muestran superando a Clinton, los mercados sufren descensos importantes. En el caso de México, por ejemplo, se anunció que se prepara para enfrentar una mayor volatilidad. El peso mexicano se ha visto afectado en su tipo de cambio, y cuando el miércoles una encuesta dio un punto por encima a Trump, se depreció.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO

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