Tropiezos de una vida sin toallas higiénicas ni acceso a sanitarios

Foto Be Girl

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“En este momento, 344 millones de mujeres en el mundo están menstruando. Cada una experimentará alrededor de 3.000 días de periodo en su vida, pero esta condición estará rodeada de vergüenza, silencio, enfermedad y estigma para muchas de ellas. Incluso, algunas estarán alejadas de la escuela, del trabajo y, aún peor, las harán sentir impuras, contaminadas y apenadas”.
Así describe Archana Patkar, directora de programa del Consejo para el Abastecimiento de Agua y Saneamiento (WSSCC en inglés), “la otra cara de la menstruación, la cara de la menstruación donde no hay toallas higiénicas ni agua ni sanitarios”.
Y es que además de la falta de acceso a recursos, en países en vía de desarrollo, los rituales de saneamiento diario de las mujeres se ven agravados por el miedo, la ansiedad y el peligro que representa asearse en lugares inseguros, con animales e insectos, sin iluminación y con el temor de ser atacadas.
“El estrés psicosocial diario que niñas y adultos experimentan todos los días, debido a la falta de saneamiento y de condiciones de seguridad, comodidad y privacidad, no se ha medido ni mucho menos se reconoce, pero tiene un impacto negativo y directo sobre la movilidad, la confianza, las opciones y hasta la capacidad de vivir sin temor y con dignidad”, detalla Patkar.
De hecho, basada en un conjunto de estudios realizados por el Consejo en los últimos dos años, confirma que el acceso limitado al saneamiento, además de causar estrés psicosocial en las mujeres, las hace más propensas a tener una salud reproductiva adversa, con enfermedades como la vaginosis bacteriana, la infección del tracto urinario, e incluso a tener partos prematuros e hijos con bajo peso al nacer.
“Aunque los riesgos para la salud difieren con la etapa del ciclo vital, los investigadores del Consejo tienen la hipótesis de que las intervenciones que aseguren el acceso a instalaciones privadas con agua durante la menstruación tienen el poder de reducir estas enfermedades”, continúa la experta.
India, el rostro del problema
Lo anterior lo confirma un estudio de 2015 del Instituto Asiático de Salud Pública, la Universidad de Chicago y la de Atlanta, que realizaron entrevistas a 56 mujeres del estado de Odisha, en India, donde no solo la defecación y la micción se hacen al aire libre, sino que las mujeres encuentran dificultades para conseguir y transportar el agua con la que se bañan y lavan su ropa durante la menstruación.
En ese lugar, jóvenes y adultas se enfrentan a tres tipos de obstáculos durante su período: ambientales, sociales y sexuales.
Los primeros implican largas distancias y barreras físicas para encontrar lugares privados y limpios, como muros altos o cercas. “Al principio, yo era incapaz de saltar por encima. Cuando traté de saltar, arranqué mi ropa … La valla de salto para llegar al lugar para hacer mis necesidades es más que mi altura”, dijo una de las entrevistadas.
En esas circunstancias, el acceso al agua también agrava la situación. “Unas hablan de viajes enteros para encontrar agua suficiente; otras discuten la carga física de llevarla, que empeora para las embarazadas, y otras dicen que temen encontrarse con serpientes, mosquitos, espinas o piedras, porque la mayoría no usan zapatos”, reza el informe.
Ahora bien, las mujeres con acceso a una instalación pública o privada se enfrentan a otro conjunto de barreras: “muchas letrinas estaban sucias, situadas fuera la casa, carecían de privacidad, techos y puertas y tenían horas limitadas de operación”, expresaron en el documento.
A lo anterior se suman los factores de estrés sexual que implica para las mujeres, en sociedades como las de la India, ser vistas por los hombres durante actividades de saneamiento, y que incrementan el riesgo de asalto sexual y violación.
“Los hombres se nos asoman a nosotras durante la defecación, y a veces, cuando hemos ido al campo, están mostrando su cuerpo desnudo, y nosotras nos sentimos muy mal … tan mal, que nos vamos a otro lugar”, cuenta otra de las adolescentes anónimas entrevistadas por el estudio, y agrega que también es común que hombres o niños les arrojen piedras u objetos y se burlen de ellas cuando terminan su aseo.
Una práctica de 5.000 años
“El problema es cultural”, afirma Bindeshwar Pathak, experto en saneamiento y fundador de Sulabh, una organización social de la India que busca, con 50.000 voluntarios, modificar los patrones de salud pública en el país asiático.
Y es que de acuerdo con el líder, la práctica de asearse y realizar las necesidades fuera de casa ha sido constante desde hace 5.000 años. “Textos hindúes antiguos animaron a la gente a defecar y bañarse lejos de su casa para evitar la impureza religiosa. Luego, factores políticos como la colonización significaron que la gran mayoría de las personas quedaran por fuera del ámbito de la educación, el bienestar y el desarrollo, y se perpetuaron esas normas culturales”, explica.
Si bien el Gobierno de la India, bajo la dirección del actual primer ministro, Shri Narendra Modi, se propuso poner fin a la defecación al aire libre en 2019, el mismo Pathak ha sido testigo, “en mi propio pueblo de infancia y en todo el país”, de que la falta de sanitarios ha fomentado una explosión de recolectores manuales que van por las calles limpiando las letrinas secas y sometiéndose a enfermedades.
“Son en su mayoría mujeres y vienen desde el estrato más bajo de la sociedad de castas, conocido como los dalits. Se enfrentaron a una gran cantidad de la opresión y la discriminación debido a su posición social y a su trabajo”, describe Pathak, que formado en la filosofía de Mahatma Gandhi, defiende con vehemencia la promoción de los derechos y la dignidad de los dalits, o “carroñeros”, como son llamados en India.
Por eso, preocupado sobre todo por esas mujeres, “tratadas brutalmente y casi condenadas a vivir una vida inhumana”, advierte, ha creado tecnologías que reemplazan las letrinas secas y ha promovido que a las dalits se les entregue al menos un cubo para recolectar las excretas y demás residuos de las otras castas.
No obstante, Patkar, del WSSCC, insiste en que, tanto en ese país como en muchos del mundo en desarrollo, el bienestar de las mujeres se sigue perdiendo por cuenta de una falta de infraestructura sanitaria y de patrones culturales que se mantienen aunque pasen por encima de los derechos humanos.
“Imagine tener que lidiar con el trauma, el dolor, la vergüenza, el silencio, el miedo y el ostracismo todos los meses, porque no tiene ningún lugar seguro para cambiarse, lavarse y eliminar sus residuos. Imagine que tampoco tiene dinero para comprar los materiales para solucionarlo ni con quien hablar, porque las chicas buenas no se quejan ni hacen preguntas. Imagine que tiene que saber cómo manejar bien en el silencio del sangrado y del dolor incesante, continuar con la escuela y el trabajo, un mes tras otro”, sugiere la directora del programa, y propone entonces que se estudie más el impacto de esas dinámicas y que los gobiernos entiendan que “las condiciones de una menstruación son un indicador clave de la salud y vitalidad de la mujer”.
La tradición se perpetúa
El silencio, las restricciones y las asociaciones socio culturales que entran en juego cuando una niña llega a la pubertad y a la madurez sexual son para Kara Nelson, líder del área de investigación en Agua Potable y Saneamiento de la Universidad de California en Berkeley, manifestaciones de control patriarcal.
“Cuando se llama un asunto de mujeres para ser tratado por las mujeres, aunque la menstruación perpetúa la humanidad por sí misma, en realidad profundiza el problema. El estigma es intergeneracional y se mantiene con el pretexto de la cultura, la religión, la tradición y la costumbre”, reflexiona la experta, y añade que esas desigualdades se manifiestan sobre todo en Asia y África. (Ver cuadro anexo).
“Generaciones de abuelas, madres hijas de la India no ingresan a los templos cuando están menstruando ni duermen en la misma cama con su pareja. Generaciones de mujeres senegalesas no cocinan ciertos alimentos durante sus períodos, porque creen que se echan a perder, y tiran sus toallas sanitarias usadas en el cubo de la basura con el temor de que alguien puede lanzarles un hechizo sobre su fertilidad si la encuentran”, continúa Nelson.
En ello insiste Jo Lehmann, una de las portavoces de la organización Wateraid, que llama la atención sobre mujeres excluidas del uso del agua y las instalaciones de saneamiento por la creencia de que las contaminan.
Además, sigue la vocera, hay países donde la menstruación es vinculada con malos espíritus y agrava el aislamiento en el que están las mujeres: “En Bangladesh, las mujeres entierran sus toallas higiénicas para evitar que sean utilizados por espíritus del mal. En Surinam, se cree que una mujer puede usar su sangre menstrual para imponer su voluntad en un maleficio, lo que aumenta la vergüenza sobre la menstruación y reduce las posibilidades de que en los hogares y escuelas se eduque al respecto”.
A los tabúes, que impiden acciones a favor del saneamiento, se suma que invertir en éste no es muy atractivo para los gobiernos como lo es instalar redes de energía.
De acuerdo con Lehmann, el estado de los baños del mundo y la situación de las mujeres no mejorará sin un aumento dramático de recursos que permitan, por lo pronto, “hablar de menstruación, romper el silencio, buscar información, compartir información y levantar este velo de control”.
Además de campañas que rompan los mitos y propendan por la formación, para la experta, no construir baños o construirlos pensados solo para los varones, “sin ningún parecido con la diversidad que es la humanidad”, impide que exista un saneamiento adecuado y una higiene que garantice la dignidad de todos los hombres y las mujeres, “sin importar la edad, forma, tamaño, capacidad física o preferencia sexual”.
Este aspecto, concluye Patkar, sería un punto de entrada importante para el bienestar universal, para la garantía de un básico diario y mensual que cada ser humano tiene. Y a su vez, “la eliminación segura de los excrementos humanos y de los residuos menstruales es parte de la equidad, de la dignidad y del modo en que las necesidades humanas se cumplen de una manera ambientalmente segura”.

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