La mitad de los brasileños se opone a los Juegos Olímpicos

Una encuesta revela que el 63% de los entrevistados cree que el evento traerá más perjuicios que beneficios

1468940930_316804_1468945395_noticia_normal_recorte1Río de Janeiro 19 JUL 2016  – El brasileño, considerado uno de los pueblos más optimistas del mundo, teme que los Juegos Olímpicos que organiza Río de Janeiro les hagan pasar vergüenza. En una encuesta del Instituto Datafolha, el más prestigioso del país, el 63% de los entrevistados de todo Brasil opinaron que el evento traerá más prejuicios que beneficios y la mitad de ellos mostró su miedo a quedar en evidencia con el transporte o la seguridad de la ciudad. El mismo estudio, realizado a dos semanas de la inauguración, reveló también que la mitad de la población desaprueba que se celebren los juegos. Esto es más del doble que en junio de 2013, cuando solo el 25% de los entrevistados expresaba este parecer y el 64% los veía bien. En 2014, a menos de una semana del Mundial de fútbol que se celebró aquí, solo el 35% de los entrevistados por el instituto estaban contra la competición.

Brasil ganó la organización de los Juegos en 2009, cuando Luis Inácio Lula da Silva llevaba seis años de estable presidencia y lideraba un economía prometedora. La situación es muy diferente ahora. El país está en recesión económica y lo que no para de crecer ahora es el desempleo. Sufre también una paralizante crisis política agravada por la destitución de su presidenta, Dilma Rousseff, mientras suma decenas de casos de corrupción. Los escándalos manifiestan lo cotidianos que son los sobornos en los medios político y empresarial del país, que incluye a los responsables por la construcción de las arenas olímpicas.

Al clima de pesimismo nacional hay que sumar la posibilidad de un ataque terrorista, una nube negra que sobrevuela la celebración en las últimas semana. Los servicios de inteligencia brasileños ya identificaron la creación de un canal de propaganda del Estado Islámico en portugués y hoy vigilan a cerca de 40 de posibles sospechosos La matanza en Niza, en la que un lobo solitario provocó la muerte de 84 personas, ha obligado a las autoridades a revisar sus planes de seguridad. La amenaza del virus zika, si bien relativamente despejada por su bajo índice de incidencia durante estos meses de invierno brasileño, también fue motivo de preocupación entre la comunidad médica internacional, que llegó a exigir el aplazamiento o cancelación del evento.

Para rematar, el Estado de Río de Janeiro que, hasta la caída del precio del crudo, mantenía sus cuentas a flote gracias a los ingresos de la explotación del petróleo en sus costas, decretó el mes pasado la quiebra económica. Las autoridades estatales tuvieron que pedir auxilio financiero al Gobierno federal (800 millones de euros) para garantizar la seguridad durante los Juegos porque, en plena crisis de seguridad, con los índices de criminalidad el alta, no tenían dinero ni para abastecer los coches patrulla.

Las noticias no son buenas y el brasileño teme que los problemas que él sortea diariamente arruinen la imagen del evento. En la encuesta, realizada con 2.792 entrevistados de 171 municipios sobre cuestiones básicas como la seguridad y el transporte, la mayoría respondió que serán más motivo de vergüenza que de orgullo. La percepción en Río, anfitriona del evento, es, eso sí, algo más optimista: el 47% de los cariocas cree que los Juegos traerán más disgustos que alegrías. Entre sus compatriotas, ese temor sube al 63%.

Promesas incumplidas

“No estoy a favor. Estaría satisfecho si hubiesen cumplido los legados olímpicos, como la descontaminación de la Bahía de Guanabara o la construcción del metro y no hubiese gastos elevadísimos para construcciones que, está comprobado, no ofrecen ninguna seguridad al pueblo carioca, como vimos en el carril bici que se desmoronó”, lamenta el supervisor de ventas Robson Merodio, de 36 años. Merodio, que asegura sentir vergüenza de ser carioca, sintetiza así la lista de incumplimientos y negligencias de la ciudad olímpica en estos los últimos meses.

El Estado de Río de Janeiro ha incumplido todas las metas propuestas relativas al medio ambiente. La Bahía de Guanabara, escenario de las competiciones de vela, continuará recibiendo millones de litros de aguas fecales cada día y no alcanza, ni de lejos, la descontaminación del 80% de sus aguas que prometieron las autoridades. Tampoco se limpiaron las putrefactas lagunas que bordean el Parque Olímpico, donde es común ver en la superficie peces muertos y heces. La ampliación del metro, esencial para el transporte de los aficionados desde las zonas más turísticas de la ciudad hasta el Parque Olímpico, está lastrada, entre otras cosas, por las dificultades económicas, y se inaugurará, si nada falla, a cuatro días de los Juegos. Con las prisas, el periodo de prueba de los trenes ha sido reducido de un año a dos meses.

El Ayuntamiento, que mantiene sus cuentas en equilibrio y ha conseguido terminar casi todas las obras dentro de plazo, fue responsable de un nuevo carril bici –“el más bonito del mundo”, según el alcalde – que se derrumbó matando a dos personas en mayo. La obra, de más de 11 millones de euros, fue construida y fiscalizada por la misma empresa y nadie, ni siquiera el Ayuntamiento, supo ver que estaba en una zona donde una ola gigante podría hacer saltar por los aires la estructura (lo que finalmente terminó ocurriendo). Aunque la construcción no se consideraba estrictamente olímpica, sí formaba parte del legado que los Juegos dejarían en la ciudad.

Ante tal escenario, el propio presidente del Comité Organizador de los Juegos, Carlos Arthur Nuzman, reconoció que nunca unos Juegos habían sufrido tantas dificultades como los de Río: “Nadie imaginaba [la situación actual]. Nadie. Si no, no darían los Juegos a Rio”.

En los últimos años se ha demostrado que el apoyo de la población a los megaeventos deportivos está en caída libre. En noviembre de 2015, la ciudad de Hamburgo, en Alemania, decidió retirar su candidatura para los Juegos de 2024 tras un referéndum que reveló que 51,6% de la población se oponía al evento. Boston, que también había planeado candidatarse, desistió tras constatar la oposición de 53% de sus habitantes. En Roma y Budapest, también candidatas a 2024, varios grupos de activistas comenzaron a movilizarse para tumbar las candidaturas.

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