Las galletas que adivinan quién será el presidente de EE UU

Desde 1992 la revista ‘Family Circle’ invita a participar en su concurso de cookies a las parejas de los aspirantes a la presidencia. Este certamen funciona como barómetro electoral

Bill y Hillary Clinton, en la cocina de la Casa Blanca en 1998. Richard Ellis GETTY IMAGES

Bill y Hillary Clinton, en la cocina de la Casa Blanca en 1998. Richard Ellis GETTY IMAGES

EL PAÍS – Desde 1992, las galletas son mucho más que gastronomía en EE UU, y tienen un curioso significado en la carrera hacia la Casa Blanca. Un comentario de Hillary Clinton, entonces aspirante a primera dama, desencadenó una tendencia que aún hoy está presente. En el fragor de aquella campaña, un rival político sugirió que Bill Clinton, gobernador de Arkansas, podía haberla beneficiado en su carrera como abogada, y ella se defendió: “Supongo que podía haberme quedado en casa, cocinando galletas y tomando tés”, dijo. La respuesta no solo provocó un gran alboroto en círculos feministas (la directora y actriz Lena Dunham lo refiere como su “despertar político”), sino que además fue aprovechado por la revista Family Circle para lanzarle un reto y ejercer de control de daños.

La invitó a participar en su concurso de cookies, del que se proclamó vencedora con sus galletas de avena y perlas de chocolate. Su marido también venció las elecciones y arrancó una tradición que se respeta desde entonces. Las esposas de los candidatos a la Casa Blanca presentan sus recetas y los lectores votan por la mejor, que se da a conocer el día antes de los comicios. Este certamen de cookies ha funcionado como una suerte de barómetro electoral, anticipando con extraña precisión quién ocuparía el despacho Oval. Solo fallaron en 2008 cuando Cindy Hensley McCain, la esposa de John McCain ganó el concurso pero quien acabó como presidente de EE UU fue George Bush.

Las tradición, que nació al calor de la polémica, se ha desenvuelto en ella desde su origen. Aunque goza de notable popularidad, cada cuatro años surgen más voces que claman por su desaparición, al juzgar que es algo anticuado y sexista que refuerza ciertos roles de género. “Con las mujeres ascendiendo en ambos partidos, ¿Cuánto va a prolongar Family Circle la costumbre de mandar a las esposas de los candidatos a las cocinas?” se preguntaba la editora Erin Gloria Ryan en Jezebel, cuando Michelle Obama venció el concurso por un margen mínimo.

Pero esta campaña el debate ha tomado un cariz nuevo. Con la primera mujer en la historia en la carrera hacia la Casa Blanca, la pelota está en el tejado de Bill Clinton, en un pícaro cambio de tornas. El expresidente ha bromeado diciendo que no le importaría inaugurar el cargo de First Gentelman o de First Man pero, de momento, nada ha dicho sobre delantales ni galletas, quizá cauteloso porque Hillary aún está en liza por la candidatura demócrata. Aunque en realidad, sería la segunda vez que Clinton pone su receta favorita al escrutinio público, ya que en 2008 también se presentó, a pesar de que su esposa aún no estaba en el disparadero político. ¿Volverá a hacerlo esta vez? La revista tampoco ha dado respuesta a las cuatrienales críticas, ni ha aclarado si este año repetirá tradición o preferirá anularla. Y no es un dilema baladí, porque si opta por cancelar el certamen, muchos lo vincularán al hecho de que por primera vez un hombre podría haberse puesto el delantal. Y si sigue adelante, se interpretará como una insistencia en reforzar estereotipos propios de otro siglo. Sea como fuere, las cookies en campaña electoral no son solo azúcar, agua, mantequilla y perlas de chocolate, sino un arma política de primer orden. De las que se cocinan a fuego lento.

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