Crisis humanitarias no se deben ignorar

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AP – En la primera Cumbre Mundial Humanitaria de la historia, que inició ayer en Estambul, los líderes, agencias internacionales, el sector privado y la sociedad civil se reúnen para anunciar sus compromisos respecto de algunos de los desafíos más críticos que enfrentamos en nuestra época.
Las necesidades están claras: conflictos sin fin que causan sufrimientos sin precedentes, desplazamientos en masa y caos político y económico; violaciones flagrantes de las leyes humanitarias internacionales; niveles de hambre y desnutrición infantil que nublan los ojos; desastres naturales más severos y más frecuentes, relacionados con el cambio climático, e inequidad creciente que deja a millones en el abandono, sin posibilidades de desarrollo ni progreso.
Las estadísticas son pasmosas: más de 130 millones de personas necesitan acceso a asistencia y protección humanitaria, y la cifra sigue creciendo. Más de 40,8 millones de personas están desplazadas dentro de sus propios países como resultado de conflicto y violencia, mientras que otros 20,2 millones de personas han tenido que buscar refugio en otros países. Sólo en 2015, 19,2 millones de personas resultaron desplazadas debido a desastres naturales en 113 países.
Priorizando a los más vulnerables, la ONU y sus socios están buscando US$21.000 millones para proveer ayuda a 91 millones de personas en 40 países. Y, sin embargo, casi a mediados de año, todavía faltan US$17.000 millones, lo cual deniega nuestra habilidad para ayudar a la gente que lo ha perdido todo.
Cuando el secretario general Ban Ki-moon llamó a la primera Cumbre Mundial Humanitaria hace cuatro años, reconocía que el statu quo no podía continuar. La oportunidad para un cónclave como éste nunca ha sido más aguda. Los líderes mundiales deben abrazar la realidad de las necesidades humanitarias, que van hacia una espiral sin control.
Para transformar las vidas de millones de personas, uno de los cambios más críticos que necesitamos es el redireccionamiento de la atención internacional hacia la prevención y resolución de conflictos. Como punto de partida, los políticos deben saber combinar su determinación y responsabilidad para reconocer que la única manera en la que podemos reducir el sufrimiento en una escala tan masiva es prevenir mejor las guerras. Esto requerirá que ellos incrementen significativamente sus inversiones para apuntalar la estabilidad, y otorgarle a la diplomacia una prioridad.
Los líderes también deben prestar atención a las violaciones de las leyes internacionales humanitarias —que obligan tanto a los estados como a los grupos armados no estatales—. En la configuración actual de los conflictos, las leyes internacionales están siendo violadas con impunidad: se asesina a civiles en sus hogares y en hospitales, o bien son sitiados hasta la inanición, mientras que los trabajadores humanitarios y de salubridad que tratan de ayudarlos son objeto de ataques ilegales.
La Cumbre también debe darle vida al compromiso que los líderes ya asumieron, como parte de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030, de no dejar atrás a nadie, y de comenzar con aquellos que están a la zaga. Escuchamos a las personas afectadas por la crisis: ellos no sólo quieren sobrevivir y ser protegidos; ellos quieren una oportunidad para tener esperanza y prosperar. Necesitamos encontrar mejores maneras, de una vez por todas, de reducir la necesidad y construir la resiliencia.
Todos debemos comprometernos a adoptar una nueva manera de trabajar con la formación de asociaciones inclusivas con gobiernos, sociedad civil, y actores del desarrollo y humanitarios.
Finalmente, ninguno de estos cambios —ni muchos otros— serán posibles a no ser que encontremos maneras más inteligentes de financiar y movilizar recursos para aliviar el sufrimiento y reducir la vulnerabilidad y abordar el riesgo.*Secretario General Adjunto de ONU-Asuntos Humanitarios.

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