Apertura a la caribeña

La economía cubana allana el camino al emprendimiento privado, pero a un ritmo lento

Luis Tinoco

Luis Tinoco

EL PAÍS – En Cuba reina un eufemismo. La palabra cuentapropista. Un término que es un escorzo ideológico, la contorsión semántica de un Estado que necesita moverse aprisa hacia el mercado pero pretende hacerlo sin descoyuntar su esqueleto doctrinal. O como dice Leticia Rodríguez, propietaria de un hostal en La Habana, allanando la cuestión, “el cuentapropismo es una empresa privada a la que no le llamamos empresa privada porque el socialismo dice que no puede haber empresas privadas, que es, por ejemplo, lo que tengo yo ahora”.

Su nieta, a su lado, indiferente, se come un plato de arroz con pollo.

Y a lo que tiene su abuela no se le llama hostal. Se le llama casa particular.

El trabalenguas plasma las incongruencias derivadas del temor al cambio de la élite dirigente cubana. “No se puede ver al sector privado como una amenaza. Aún se está pagando la concepción de pensar que un individuo que tiene una cafetería acabará siendo una lanza contra la Revolución”, afirma Omar Everleny Pérez Villanueva en el Centro de Estudios de la Economía Cubana, con su viejo automóvil Moscovitch listo a la puerta del instituto para acudir a otra cita durante la vertiginosa semana de marzo en la que Barack Obama visitó la isla.

Se trata de entender un contrasentido. Cuba se mueve. Pero no se mueve.

Desde que el 17 de diciembre de 2014 el presidente estadounidense y el cubano, Raúl Castro, anunciaron la normalización de las relaciones entre sus países, la isla se ha puesto de moda y transmite la apariencia de una metamorfosis veloz. Y es cierto. Y no lo es.

El efecto principal ha sido el despunte del turismo. Un 17% más en 2015 que en 2014, récord histórico de visitantes: tres millones y medio. Encontrar habitación en la desbordada red hotelera de La Habana se ha vuelto un reto. Pagarla también, con tarifas de más de 300 dólares por noche en los hoteles de postín. Ahora bien: el auténtico aluvión llegaría si el Congreso de Estados Unidos retirase la prohibición de que sus ciudadanos vayan de turismo a Cuba. Si el año pasado, con las medidas de Obama para facilitar intercambios culturales y de estudios, —un truco para alentar el turismo— aterrizaron 161.000 estadounidenses, un alza del 77%, la eliminación del veto abriría las esclusas de par en par: “Prevemos que en uno o dos años se levante toda restricción y lleguen más de dos millones de americanos al año”, estima James Williams, presidente de Engage Cuba, un lobby contra el cepo comercial y financiero.

La teoría dice que Raúl Castro busca liberalizar la economía, pero sus reformas avanzan con pie y medio en el freno

“Durante demasiado tiempo Cuba ha sido el país que ha padecido el esquema de sanciones más estricto por parte de Estados Unidos, y no se puede esperar que se desarrolle si no se levanta el embargo”, sostiene Williams. Obama ha pedido al Congreso que lo elimine y lo reiteró en La Habana: “Es una carga obsoleta sobre el pueblo cubano y para los estadounidenses que quieren hacer negocios o invertir aquí”, dijo, añadiendo un recado al Gobierno cubano: “Pero incluso si se levantara mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios en Cuba”. La teoría dice que Raúl Castro es un pragmático que ha decidido liberalizar la economía sin el maximalismo dogmático de su hermano Fidel. Sus reformas, sin embargo, avanzan con pie y medio en el freno.

“Con esta lentitud Cuba se expone a dejar pasar una oportunidad única”, juzga Carmelo Mesa-Lago, catedrático emérito de la Universidad de Pittsburgh y uno de los grandes expertos en economía cubana. “Obama está poniendo toda la energía para que el proceso sea irreversible y La Habana se limita a insistir en que se levante el embargo, algo que no está en su poder. Lo único que ha hecho Cuba es anunciar la eliminación del gravamen del 10% al dólar”.

El crecimiento de los cuentapropistas refleja la reorientación del modelo, pero lo moroso de su ritmo refleja también los diques internos. De 2009 a 2016 han aumentado de 144.000 a 496.000, insuficiente para un país que necesita aupar el sector privado para tener a dónde reconducir el millón de trabajadores estatales que sobra. “Es imposible que un país avance con el 67% del empleo en el sector presupuestado”, zanja Pérez Villanueva.

A falta de giros económicos resolutivos, tal vez la señal más clara de la incipiente apertura del sistema sea la expansión, aún pacata, del acceso a Internet. En 2015 el Gobierno empezó la instalación de puntos wifi en la calle. Si bien el coste es excesivo —dos dólares la hora, casi una décima parte de los 24 de salario de un empleado público—, ha permitido que a diario unos 200.000 cubanos naveguen sentados en bancos y bordillos. Tener Internet en casa es privilegio exclusivo de algunos profesionales de la medicina, de la academia o de los medios de comunicación oficiales, y aún si hubiese voluntad de universalizarlo, de momento no hay infraestructura para ello. Con todo, se prevé que en unos meses arranque en La Habana un ensayo piloto de banda ancha para negocios privados en colaboración con el gigante tecnológico chino Huawei.

Otro elemento que aguarda a su deshielo particular en la nevera de las reformas es la inversión extranjera. En 2014 se aprobó una ley para incentivarla y el Gobierno ha dicho que es prioritaria para el desarrollo de Cuba, pero a la vez se muestra remiso a soplarle las velas.

En la Zona Especial de Desarrollo Mariel, un puerto cercano a La Habana concebido como polo de atracción de capital, sólo se han aprobado en dos años nueve de las más de 400 solicitudes de compañías foráneas. El Gobierno calcula que necesita al menos 2.500 millones de dólares anuales de inversión extranjera para que la isla crezca más del 5%, una meta todavía lejana. No hay una cifra de cuánto dinero foráneo está captando Cuba, pero sirva de referencia que los nuevos acuerdos comprometidos para Mariel no sobrepasan los 200 millones.

Entretanto se prevé que el crecimiento del PIB baje del 4% de 2015 a un 2% en 2016, con una caída de las exportaciones motivada sobre todo por la crisis de Venezuela, en declive por el desplome del precio del petróleo y por su inestabilidad institucional. Los acuerdos con Caracas suponen más de un tercio de lo que exporta Cuba, cuya economía ha dependido desde los primeros 2000 del crudo que le envía su socio a cambio de médicos y otros profesionales, una alianza político-comercial que todavía se calibra en más de 7.000 millones de dólares y que mantiene a 46.000 cubanos brindando servicios en Venezuela.

NÍQUEL Y TABACO

El precio del níquel, su principal materia prima de exportación, se ha reducido más de la mitad. El azúcar también se ha abaratado. El tabaco, sin embargo, promete, y con miras al mercado estadounidense se han empezado a ampliar las áreas de cultivo. Así las cosas, a corto plazo, con la conclusión del embargo fiada al próximo inquilino de la Casa Blanca y al quórum legislativo entre demócratas y republicanos, la economía cubana se apoyará en dos resortes que irán ganando potencia: remesas (sin dato oficial, Western Union las cifró en 2.800 millones en 2013) y turismo, que viene dejando unos 2.000 millones en la hostelería estatal y derramándose fuera de los cauces del Estado por el eufemístico reino del cuentapropismo.

El aporte de los negocios por cuenta propia está llamado a ser una dinamo interna. Por ahora se limita a un 5% del PIB, según un estudio de la economista Saira Pons, y para que adquiera volumen será imprescindible que le quiten trabas. El régimen tributario, encorsetado por el modelo socialista de planificación estatal, penaliza la concentración de propiedad. “Es absurdo, cuanta más gente contratas, más te suben los impuestos”, expone Mesa-Lago. Aún no se ha creado un mercado mayorista y la importación no está permitida a los particulares, de modo que el sector privado recurre al mercado negro. El panorama se completa con una rampante cultura de la evasión fiscal. Pons calcula que las paladares, así se le llama a los restaurantes en Cuba, deben de estar declarando unos ingresos brutos mensuales inferiores a 200 dólares, lo que deja en los más concurridos una buena mesa con habanos de postre.

Las reticencias a reconocer, y por ende regular, el fenómeno empresarial sí suponen una amenaza para un principio cardinal desde la Revolución: la igualdad. Apoyado en los bastones cada vez más precarios de la sanidad y la educación públicas y en la menguante libreta de abastecimiento, el grueso de los 11 millones de cubanos ve nacer una burguesía duty free.

FUGA DE CEREBROS

Con la prosperidad a lo lejos, no cesa la fuga de jóvenes. Al contrario, va en aumento por el miedo a que Washington arrumbe al baúl de la Guerra Fría su norma de regularización exprés para todo cubano que ponga pie en suelo americano. En 2015 cerca de 70.000 se fueron de la isla a Estados Unidos, una oleada como no se daba hace tiempo y que sumó 43.000 sin papeles, llegados la mayoría por la frontera terrestre de México, 20.000 con visa y unos 4.500 interceptados atravesando por mar el estrecho de Florida, circunstancia en que la norma establece que deben ser repatriados. La emigración agudiza el problema demográfico y de mano de obra de Cuba, el país más envejecido de América Latina después de Uruguay.

El aparato debe reaccionar. En el VI Congreso del Partido Comunista, en 2011, se aprobaron 311 medidas de reforma. Hasta ahora se ha implementado apenas un 21%. El próximo sábado 16 de abril arranca el VII Congreso. Criticado dentro de Cuba, incluso por alguno de sus miembros de base, por no difundir el documento programático del cónclave, el partido único discurrirá a puerta cerrada cómo acelerar la economía sin pinzar el nervio ciático del sistema. Con la retirada de Raúl Castro fijada para 2018, por debajo de la mesa se ventilarán las supuestas diferencias entre los sectores tecnócratas del raulismo y los duros del fidelismo, a su vez enredadas en la madeja de intereses creados durante seis décadas de autarquía insular.

En cuanto a las medidas pendientes, destaca la peliaguda unificación monetaria. Cuba funciona con el peso nacional y el peso convertible o CUC (24 pesos nacionales), que es equivalente al dólar y fue establecido por el Gobierno para facilitar la captación de divisas después de perder sustento a principios de los noventa con el colapso de la Unión Soviética.

“La economía no puede avanzar con esta dualidad”, dice Pavel Vidal, profesor universitario en Colombia y exfuncionario del Banco Central de Cuba. “Con dos monedas y varias tasas de cambio como tenemos, la medición de los balances de las empresas estatales, de los precios, de la competitividad y de la eficiencia está completamente distorsionada. Pero habría que ver si la economía está preparada para el cambio. Los países que lo acometen suelen tener reservas suficientes o apoyo de un prestamista internacional, y el ahorro interno en Cuba por fuerza ha tenido que ir disminuyendo, fundamentalmente por la crisis venezolana”.

Suprimir el peso convertible para continuar a solas con la moneda nacional podría provocar un shock traumático en dos ámbitos de por sí débiles, la capacidad adquisitiva de la población y el aparato productivo. Una devaluación pronunciada descontrolaría la inflación, hoy sobre el 3%, mientras que las empresas estatales dejarían de contar con el tipo de cambio (un CUC por peso nacional) que se les concede para capitalizarlas y quedarían expuestas a las condiciones reales de mercado, lo que probablemente haría inviable a más de una.

Dadas sus dificultades internas, la opción más plausible para que Cuba afronte la pirueta sin caer al vacío es que Estados Unidos desbloquee su ingreso en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Sus representantes en el organismo están obligados por el embargo a votar en contra, pero se especula que Obama podría buscar un atajo para intentarlo en los ocho meses que le quedan de mandato. Por otro lado, el martes pasado Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dijo que espera acoger a Cuba en dos años.

Catapultando la mirada por encima del muro que le queda por brincar, y quién sabe lo que durará el salto, algunos otean una Cuba que pueda aprovechar la herencia más reconocida del tortuoso periodo que viene desde la Revolución de 1959, el nivel educativo de sus ciudadanos. “Debe desarrollarse como una economía del conocimiento”, dice el lobbista Williams, “en sectores como el biomédico y el de las telecomunicaciones, porque, aunque resulte paradójico teniendo tan poca tecnología, se percibe un enorme talento potencial para la programación”. Sería lo que el eminente politólogo Jorge Domínguez, nacido en La Habana en 1945, exiliado con su familia en los sesenta, ha definido como una hipotética “Singapur del Caribe”. De momento, aquí, todos te repiten lo mismo: “No es fácil, compañero, no es fácil”.
PABLO DE LLANO La Habana 10 ABR 2016

Los comentarios para este artículo han sido cerrados.