‘En Venezuela nos acostumbramos a vivir en preapocalipsis permanente’

Para escribir ‘Patria o muerte’, Alberto Barrera Tyszka eligió el camino de la ficción.

EL TIEMPO – Por: MARÍA PAULINA ORTIZ

Foto: Archivo EL TIEMPO Los resultados de las elecciones del 6 de diciembre pasado significan el regreso a la alternan

Foto: Archivo EL TIEMPO
Los resultados de las elecciones del 6 de diciembre pasado significan el regreso a la alternan

Los días siguientes a conocer la noticia de la enfermedad de Hugo Chávez, los venezolanos vivieron en una especie de sala de espera. Cada noticia sobre el mal que padecía su Presidente, cada rumor, cada especulación eran devorados con velocidad tanto por seguidores como por opositores del gobierno bolivariano.

Esa etapa de la historia venezolana, tan tensa que podía cortarse con tijeras, la pone en escena la novela ‘Patria o muerte’, del escritor Alberto Barrera Tyszka, ganador con esta obra del más reciente Premio Tusquets. Chávez recorre las páginas de esta novela –para ese momento él está en La Habana, en tratamiento médico–, pero no es el protagonista. A lo largo del libro, aparecen las historias de varios personajes que reflejan el impacto que generó entre la gente esa situación de incertidumbre, de polarización, de miedo.

Alberto Barrera Tyszka, nacido en Caracas en 1960, es uno de los mayores expertos en los detalles de la vida del expresidente venezolano. Hace una década, en asocio con Cristina Marcano, escribió una de las mejores biografías de Hugo Chávez, resultado de un riguroso trabajo periodístico.

Para escribir ‘Patria o muerte’, Barrera eligió el camino de la ficción. Le pareció una mejor vía para relatar los efectos que una figura como la de Chávez –y también su ausencia– produjo en su país. El jurado del premio Tusquets, presidido por Juan Marsé e integrado por Almudena Grandes, Juan Trejo y Juan Gabriel Vásquez, entre otros escritores, destacó la novela de Barrera precisamente por “la valentía de contar, desde las vivencias cotidianas de un grupo de personajes, la realidad venezolana de un modo poco complaciente”.

Y agregó en su fallo, respecto a las características de la obra: “Con un absorbente ritmo narrativo, refleja las angustias y complicaciones de unas vidas condicionadas por la histeria y las tensiones de un país pendiente de un líder carismático”.

Barrera Tyszka, quien participó en el Hay Festival que acaba de terminar en Cartagena, recibió también el Premio Herralde en el 2006 por su novela ‘La enfermedad’.

“A veces la ficción explica mejor”. Esto me dijo en una entrevista pasada, cuando recibió el premio Herralde. ¿Quizás por eso eligió el género de la novela para relatar lo que está sucediendo en el día a día de Venezuela?

Tal vez lo primero sería decir que a los venezolanos nos ha costado mucho entender lo que nos pasa. ¿Por qué estamos así? ¿Qué ocurrió? ¿Cómo llegamos hasta este punto? ¿Quiénes somos realmente? Uno escribe, también, para conocerse. Hay misterios que solo se revelan en el acto de la escritura. Quizás por eso escribí la novela. Porque necesitaba tratar de comprender, de ubicarme ante una realidad que, durante años, nos ha parecido un caos. Lo dice Umberto Eco: lo que no puedes teorizar, cuéntalo.

El libro está atravesado por la enfermedad de Hugo Chávez y deja ver que ese fue un tema que desordenó por completo el país. ¿Por qué cree que produjo esta reacción?

Chávez pasó años organizando a la sociedad a su alrededor. Refundó el Estado a su conveniencia. Además, Chávez hablaba desde la eternidad, cada vez establecía menos separación entre su historia personal y la historia de la patria. Había planeado todo, estaba en la cima y, de pronto, apareció un imprevisto con el que nadie contaba: el cuerpo herido. Es decir: apareció la muerte, que es también una manera de decir que apareció la vida. La vida real. La vida que termina. Era una hipótesis que, en ese momento, no estaba en la mente de nadie.

La enfermedad es un tema que a usted le interesa, y ha escrito más libros en los que la sitúa como protagonista. ¿Por qué?

A mí me interesa lo que duele, lo que no funciona, lo débil, lo que está torcido… Literariamente, mi curiosidad se organiza alrededor de esos ámbitos. Trato de proponerle un diálogo al lector desde la fragilidad. En ese sentido, sin duda, la enfermedad es importante. Es una condición de nuestra naturaleza, un obstáculo insalvable. Lo único peor que la muerte es esa lenta y tortuosa muerte llamada enfermedad.

Aunque Chávez está presente en ‘Patria o muerte’, no es personaje central en la novela. Aparecen otros personajes -el periodista, el médico, sus vecinos, una niña…- que desde la cotidianidad reflejan las situaciones que está viviendo Venezuela. ¿Cómo fue la construcción de estas historias?

Trabajé mucho en esa narración coral, que mezcla y desarrolla varias historias al mismo tiempo. El desafío era llevarlas en paralelo y no perder velocidad. También quería, de alguna manera, llevar o traer o poner al lector en una situación de ritmo cercano al que hemos vivido en el país; quería contagiarlo con esa suerte de vértigo donde todo sucede muy rápido, donde siempre hay muchas versiones, demasiadas noticias. Suelo decir que en Venezuela nos hemos acostumbrado a vivir en un preapocalipsis permanente. Todo puede ocurrir en las próximas horas. Sentí que la estructura coral me permitía contar eso de mejor manera.

En la novela hay un elemento presente (efecto de personalidades como la de Chávez) que puede relacionarse con algo que también conocemos en Colombia: la polarización, que incluso lleva a la división familiar…

Creo que la polarización solo produce mediocridad. Es un proceso que simplifica la realidad y ‘afectiviza’ las relaciones sociales. Suelen darse alrededor de una persona y no de una idea. La polarización en Venezuela no nació a partir de una ideología, de un debate entre modelos, sino a partir de la relación con un líder. En todos estos procesos hay un ingrediente narcisista, un elemento sentimental muy importante. Y eso termina dividiendo familias, parejas, amistades, trasladando los problemas públicos a la intimidad. La polarización es una manera de convertir la política en una experiencia irracional.

“Un parque temático de los años 70”. Esa es una frase que aparece en el libro. ¿Piensa que eso ofreció el gobierno chavista?

Es una frase que aparece en el libro, que recrea la idea de que Chávez rescató un lenguaje y una simbología de la izquierda de los 60. Decretó que estábamos en una ‘revolución’, habló de Lenin y Stalin, citó a Mao… Fue una especie de parque temático que duró mientras los precios del barril se mantuvieron sobre 100 dólares. La ‘revolución bolivariana’ solo puede funcionar si hay de bonanza petrolera.

La enfermedad mostró que el ‘mesías’ era humano. ¿Qué quedó de Chávez en Venezuela después de su muerte? ¿Cómo ha visto lo que ha seguido en manos de Nicolás Maduro?

Es un proceso complejo y difícil. Entre otras cosas, porque Maduro está ahí para preservar la imagen de Chávez como ‘mesías’, para mantener intacta su posteridad. La tarea de Maduro es ingrata. Su deber es salvar a Chávez de las consecuencias de Chávez. Tiene que hacerse responsable de la peor crisis económica de nuestra historia, sin mencionar al culpable del desastre. Es muy difícil sobrevivir políticamente a eso. Sobre todo después de que Chávez resucitó la certeza de que somos un país inmensamente rico y prometió un paraíso donde ni siquiera hace falta trabajar.

Por cierto, no nombra a Maduro en la novela. Escribe “el Vicepresidente”, sin dar nombre. ¿Alguna razón en especial?

Es una apuesta deliberada. Decidí que el único personaje real que iba a nombrar en la novela era Hugo Chávez. No hay en el libro ninguna otra referencia –con nombre y apellido– a otro personaje de la realidad. Eso me permitió reforzar su protagonismo en el poder, su omnipresencia. También evitaba ruidos, le ahorraba al lector la necesidad de conocer o no a ciertos personajes, salvaba a las historias de parecerse a una crónica política.

Lo alejo un poco del tema de la novela. ¿Cómo vio el resultado de las recientes elecciones en su país y lo que ha seguido en las relaciones Gobierno-oposición?

Los resultados de las elecciones del 6 de diciembre pasado son muy importantes. Significan el regreso del sentido de la alternancia al país. Era algo que Chávez había suspendido desde su llegada al poder en 1998. El oficialismo siempre se había comportado y había hablado como si no tuviera final, como si la alternancia fuera un imposible. El triunfo de la oposición nos devolvió a la política. Pero por supuesto que es complicado. Ahora el oficialismo se resiste. Piensa que la alternancia es una forma de traición, es un delito en contra de la ‘revolución’. Al perder las elecciones, el Gobierno promueve la idea de que la democracia es un artificio burgués, profundamente antipopular. Todo indica que este 2016 será un año políticamente muy conflictivo.

¿Cree que existe alguna razón o característica que lleve a nuestros países a ser ‘más propensos’ a caer bajo los efectos de este tipo de personajes populistas?|

No lo sé. Hay varias teorías y especulaciones con respecto a eso.

Pero lo cierto es que la pobreza es el clima ideal para el populismo. Tiene que ver con la situación de los desvalidos social y culturalmente, de la masa excluida. Y, en ese sentido, el populismo es un chantaje muy tentador. El populismo también es una experiencia sentimental.

Al final, tras las últimas páginas de ‘Patria o muerte’, uno queda con la sensación o, mejor, con la pregunta: ¿habrá solución? ¿Cómo ve lo que viene en Venezuela y en América Latina en general?

Creo que nadie puede predecir lo que viene. Pero sí es evidente que la salida a nuestros problemas no pasa porque un grupo o un bando le imponga a otro su ‘verdad’, su ‘modelo’. No se puede sustituir un sistema de exclusiones económicas por un sistema de exclusiones políticas. Las grandes tragedias del continente siguen existiendo y son –con sus matices– bastante comunes en todos nuestros países: desigualdad, pobreza, violencia, impunidad… Ni el mesianismo, ni el militarismo, ni siquiera la bonanza petrolera (en el caso de Venezuela) han podido enfrentar exitosamente esos problemas. La única solución está en la complejidad, y eso pasa por la aceptación y la negociación con los otros. Suena simple, pero realmente es muy difícil. Colombia lo sabe.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción de EL TIEMPO

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